Premios a tres vidas de sacrificio, trabajo y esfuerzo

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Ellas son «quienes han dado los pasos para que hoy podamos estar aquí». La frase es del Alcalde de Llanes, Enrique Riestra Rozas, y la pronunciaba frente a las tres galardonadas en la XVII edición de los Premios Mujer del Concejo 2016 y a la que también asistieron las concejalas Soledad Celorio (Servicios Sociales) y Marisa Elviro (Cultura). Consuelo Fernández, América Pontigo y Ana Isabel del Campo, visiblemente emocionadas, atendían durante el acto oficiado en su honor en la Casa Consistorial durante la mañana de hoy.

Ellas, las tres, son mujeres que lucharon por hacerse a sí mismas sin saberlo. Las que trabajaron sin descanso en un mundo plagado de desigualdades sociales. Fueron quienes sufrieron los avatares de épocas convulsas con ambientes crispados. Las que sacaron adelante a sus familias con el empeño que sólo en ellas es innato. Las que tuvieron que vivir sobreviviendo. El destino no les pintaba un futuro halagüeño y lo descubrieron cuando aún eran niñas que crecían antes de tiempo. Hoy son señoras con una trayectoria vital que supone el ejemplo del esfuerzo, la tenacidad y la valentía.

Riestra agradeció a las premiadas el esfuerzo en el que se ha basado su vida porque «estas tres señoras representan el crecimiento y han posibilitado un cambio» para todas las mujeres. Incluso ellas mismas son conscientes de ello cuando, desde la calma que da haber dejado atrás una vida llena de avatares y golpes, observan el mundo al que han venido a parar.

La energía de Consuelo Fernández Domínguez arrancó la carcajada de la sala cuando se levantó con garbo para contagiar a los allí presentes de su energía. Agradeció el premio y asumió que la vida que le tocó fue dura «pero es lo que hay», dijo quitando importancia a los duros momentos a los que tuvo que hacer frente. «Tenemos que seguir por el buen camino, por Llanes, por Asturias y por España», atestó. Ella, una mujer, «siempre fiel a mis ideales» seguirá «hasta la muerte defendiendo» lo que considera justo. Nunca se sabe, dijo, «dónde está la felicidad», pero estaría bien ir ubicándola «e ir saliendo de esta incógnita». Sus palabras, cargadas de connotaciones políticas, despertaron el aplauso de un público que llenaba el Salón de Plenos municipal.

Consuelo, nació en Mieres en el seno de una familia ganadera que tenía negocios en la localidad de la Hueria. Cuando ella tenía 20 meses su madre falleció, y quedó al cargo de su padre y su abuela materna. Motivos políticos fueron los que acabaron con la vida de su padre, fusilado. Así, Consuelo y su abuela se vieron solas, con la obligación de enfrentarse a una vida sin apenas medios para subsistir. Fue entonces cuando decidieron trasladarse a la Pesa de Pría donde su bisabuelo tenía allí una casa. Aquel fue su refugio hasta que con el fallecimiento del abuelo volvieron a verse en la calle, sin medios. La vida continuaba y los recursos de la experiencia siguieron forjándolas como mujeres desvalidas. Acudieron entonces a una casa palacio de El Acebo, en Ovio, donde trabajaron, muy duro y por poco dinero. Allí pasaron, al fin, los siguientes treinta años. A la vida de Consuelo llegó Antonio Barro quien tras un breve noviazgo de menos de un año acabó convirtiéndose en su marido. Antonio era un emigrante en Bélgica y Consuelo no dudó en irse allí con él para recomenzar de nuevo. Andando el tiempo, tras el nacimiento de su única hija, María Teresa,  el matrimonio adquirió un caserío en la localidad de El Llano, en Nueva. Sin embargo, antes de fijar en él su casa, estuvieron trabajando varios años en un bar de Avilés. En 1997 le llegó a Consuelo su jubilación. Para entonces, la vida la había golpeado haciéndola fuerte y enérgica, como ayer se mostró.

América Pontigo Villa nació en el pueblo llanisco de Los Carriles en 1932, en plena Segunda República. «Sólo tenía diez años cuando murió mi madre», decía recordando con tristeza aquel pasado en el que un cáncer acabó con la vida de su madre a los 45 años. Para entonces «había estado cuidándola un año, el tiempo en el que estuvo enferma». América era una pequeña que todavía necesitaba cuidados propios de una niña, pero el primer revés de la vida le vino dado en aquel momento. No fue fácil salir adelante. A la tareas de casa se unieron las del ganado, la siega y el ordeño. Sus tíos se hicieron cargo de ella cuando su madre faltó, pero el trabajo continuaba del mismo modo.
En el año 1955, después de tanto, se casó con Francisco Alonso Peláez, con quien tuvo tres hijos.  El ganado y el campo estuvieron vinculados a su vida siempre, «una vida sin horarios, un trabajo muy duro» que nada tiene que ver con las labores actuales en el sector primario.
América sigue viviendo en el mismo sitio donde vivió, en la pequeña localidad llanisca de Los Carriles y allí disfruta ahora de su merecido descanso, viendo a lo lejos una vida ajetreada de la que «no echo nada de menos».

Ana Isabel del Campo Villa nació en Lledías. Era el año 1930 y en aquella casa ya eran 14 hermanos, ella fue la penúltima de todos ellos. Sin embargo, aquella circunstancia no impidió que tuviera que encargarse de las tareas de la casa. Para Ana Isabel, recordaba el camino que la llevaba a lavar la ropa a mano, en un tiempo donde los ríos y los lavaderos eran los lugares de reunión de tantos vecinos, cuya vida social se reducía a hablar mientras trabajaban de aquel modo. El campo también era una obligación para esta llanisca, no en vano era el medio de vida de aquella extensa familia y todos tenían que aportar aquello que podían. Fue «una vida muy mala» forjada a base de «un trabajo muy duro» que no tenía descanso.
Se casó tarde para la época, con 30 años cumplidos contrajo matrimonio con Juan Ramón del Valle Rodríguez, también de Lledías. Los hermanos habían ido independizándose y, finalmente, en 1960 Ana Isabel se quedó en la casa familiar con su madre, dos hermanos solteros y su marido. Allí tuvieron dos hijos que se criaron con más comodidades que las que ellos habían experimentado. Para poder hacerlo Ana Isabel quiso contribuir económicamente al sustento familiar, y lo hizo alquilando las habitaciones de casa, «si teníamos cinco, llenaba las cinco» a viajeros que, habitualmente, venían de vacaciones a España desde el extranjero».  Ayer Ana Isabel estaba «muy contenta» porque «nunca nos vimos en otra igual que ésta». Ella había acudido puntual al acto de entrega de su premio, pero antes había dejado la comida hecha para «los trece que nos juntamos en casa para celebrar» el reconocimiento, los trece que la acompañan cada vez que pueden, y «aunque a veces algún nieto me dice que viene y no llega», lo cierto es que su familia es hoy el bien más preciado para Ana Isabel, la recompensa a toda esa vida que la empujó a madurar desde que aún era una niña.

Las tres mujeres del concejo 2016 se llevaron ayer un ramo de flores y una figura que representa a una llanisca con su traje regional. Pero lo más importante tal vez sea la sensación de que alguien ha sabido reconocer el sacrificio que han supuesto sus tres vidas.

 

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