Forastera, pero aldeana

1
2716

No soy llanisca. Ni siquiera soy asturiana. Pero cuando me enfundo las enaguas, los pololos, la camisa y el chaleco, cuando contengo respiración mientras me ajustan la falda, espero pacientemente a que acaben de repicar mi pañuelo y me prendan la chaqueta con la siempreviva de plata que una llanisca me regaló, me emociono.

Yo en enero ya estoy eligiendo color. Y vuelvo locas a las dos artistas que se han pasado el invierno trenzando picos, hojas y flores en los paños nuevos. Que hasta me tienen que sacar los trajes a la luz del sol para que vea que ese azul no es azulín, sino azulón, que el roxu que digo es más “tirando a anaranjáo”. Y que «este pañuelo tiene aquél juego de mandil, que si quieres este otro, va con varios muy guapos». Y así voy alimentando al gusanillo que ya es serpiente y que se me metió en el cuerpo hace seis años, de los que no he faltado uno solo a mi promesa de vestir el traje de aldeana siempre que la vida me lo permita.

“… pero si tú eres de Madrid. ¿Qué haces vistiéndote de aldeana?”. Me visto porque me siento más llanisca que nunca cuando noto el peso de la tradición sobre mi cuerpo. Porque ningún llanisco me ha IMG_5256hecho nunca esa pregunta. Porque ver la ilusión con la que me reciben y me preguntan si este año me voy a vestir, alimenta mi amor por esa tierra y sus costumbres. Porque me siento más guapa con el traje de aldeana que con un Balmain. Porque el día que me lo pongo no me hace falta tener a mi madre detrás diciéndome que me ponga derecha. De lo orgullosa que estoy por haber sido aceptada para acompañar en el desfile a los cientos de aldeanas y porruanos, ya voy como si llevase una vara en la espalda.

El día anterior me guardo como se guarda un niño la víspera de Reyes. Hay que descansar para poder disfrutar del día más importante del año. Es el día en que amanezco sin despertador, antes incluso de la hora a la que me suelo levantar para ir a trabajar. Hace fresco en la calle y huele a mar. Por la esquina asoman María y Lara en el coche para ir juntas a vestirnos. Serpentea el coche por la carretera y vamos como niñas con zapatos nuevos, enseñándonos los abalorios que vamos a lucir. Yo tengo la suerte de gozar del usufructo de un collar de coral de verdad, que me presta la madre que parió al que vino a reconciliarme con esta tierra.

Llegamos al taller. Ni siquiera hemos desayunado. Siempre me arrepiento porque pienso que cuando lo haga me apretará más la falda, pero, ¿qué más da? Ya hay gente vistiéndose y aún no son las ocho. Hay jaleo, revuelo, alegría, es día de fiesta para algunos. “Venga, que vamos a vestir a la forastera”. “¿te manca?, pues como debe ser, que esto no es un chándal”. Vestir a la aldeana es todo un proceso. De las once piezas de las que se compone el traje, todas tienen su orden. Cintas, alfileres, imperdibles. A pesar de que me encantaría tener un traje propio algún día, me gusta cambiar, ver cómo la luz del verano juega con cada color y tener un recuerdo impreso de cada año. Siempre igual, siempre distinto. Vestir un traje de aldeana que han lucido cientos de mujeres antes que yo. Mujeres que están atadas de sangre a esa tierra y sus tradiciones ancestrales. Mujeres que incluso se vistieron de aldeana el día de su boda, honrando así la memoria de sus antepasados de la mano de las artesanas que bordan sin descanso para que siempre encontremos todo en perfecto estado de revista.

Los trajes -me explican- han ido experimentando modificaciones a lo largo de los años, respetando siempre la esencia de los primeros modelos del siglo XIX que también sigIMG_1459uen vistiéndose hoy. Hay una gran labor de documentación detrás de la confección de cada traje, cuidando de que se respete la tradición en su adaptación a la actualidad. Es con este cuidado en perpetuar lo hermoso, lo auténtico, como se ha llegado a conseguir que los trajes de aldeana y porruano llaniscos estén camino de ser declarados Bienes de Interés Cultural. Con iniciativas como los cursos de confección y repicado de pañuelo, con el amor que se inculca a los guajes por los propios trajes y las danzas que los hacen brillar en cada una de las festividades en las que “se sacan”. Un objetivo que se marcaron hace ya más de tres años los tres bandos y el Ayuntamiento de Llanes y que por fin parece que será una realidad que favorecerá la preservación de un elemento esencial para la cultura del Oriente de Asturias.

Lo ves en las fotos y nunca adivinarías lo que se siente al vestirlo. Cuando notas la solitaria cruzarse sobre el pecho y abrazar tu cintura, ya ni siquiera sientes el peso de la falda sobre las caderas. Pero lo que verdaderamente hace que el traje luzca sobre cualquier figura, son las manos de quien lo ajusta al cuerpo, alfiler tras alfiler. Las que colocan estratégicamente los tres imperdibles y cien alfileres que harán que el traje y el pañuelo no se muevan ni danzando el pericote.

Mientras regreso de vuelta a la villa a desayunar con mi familia asturiana y rematar el traje con los complementos, me quedo embobada con los reflejos de la luz en las cuentas que cuajan la falda. Un solo traje se traduce en meses cosiendo y bordando, dibujando con cristal. Es como custodiar un tesoro.

Soy forastera, pero siento un respeto enorme por vuestras costumbres. Me paso el año esperando ese momento e intento cuidar cada detalle como si me viniese “de cuna”. Las que lo tienen en propiedad, lo guardan con celo y lo planchan amorosamente la víspera. Las que vamos “de prestáu”, daríamos mucho por tenerlo en el armario. Pero todas coincidimos en llevar la cabeza igual de alta el día en que nos vestimos de aldeana llanisca, orgullosas de poder contribuir a preservar la tradición en un tiempo en el que el cambio es la nueva normalidad.

IMG_1404

Texto e imágenes cortesía de Marta López de Cervantes

1 Comentario

Dejar respuesta