Buenas intenciones

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La rutina del viaje a Ritsona Camp todas las mañanas es un continuo de contrastes. Los olivos nos recuerdan que estamos en el Mediterráneo al tiempo que las fábricas abandonadas dirigen nuestro pensamiento a elucubrar acerca de la magnitud de la crisis en esta zona. Por su parte, el misil que preside la entrada del cuartel del ejército nos hace ver que aunque gobierne la izquierda, Grecia sigue siendo un país militarizado que gasta en armamento lo que no tiene. Y de pronto, diez o doce perros sueltos en la carretera después, de esos tan frecuentes en la España ochentera, aparece el pequeño pinar que oculta a los ojos del viajero poco atento la magnitud, el caos y la belleza de lo que dentro acontece: Ritsona Camp.

Llegamos a Ritsona y por fin hemos conseguido que haya una asamblea productiva. Hemos tratado todos los problemas y parece que en pocos días vamos a sistematizar el abastecimiento de productos básicos y el propio funcionamiento del campamento. Han llegado dos holandesas que son hermanas y vienen a mandar -y hace falta eso de mandar en Ritsona Camp-. Como tienen unos nombres muy complicados yo me refiero a ellas como Rosario y Sagrario. Así que si en los próximos días leéis algo con esos nombres no penséis que llegó a Ritsona una orden de hermanas auxiliadoras de la buena caridad, son estas guiris.

Hemos comprado más productos de higiene, rastrillos para limpiar el campo, esterillas, mantas y cojines para equipar el free space women -que viene a ser una tienda de campaña solo para mujeres en la que vamos a canalizar ciertas actividades, como por ejemplo las reuniones de la matrona con las embarazadas-, pizarras, material escolar y juegos. Todo gracias a vuestra solidaridad.

Hoy ha sido un día muy caótico. Se han producido varias pequeñas aglomeraciones alrededor de personas que cargadas de buenas intenciones llegan con los coches llenos de productos tales como alimentos, ropa, juegos o peluches. Esto está generando problemas porque las donaciones no llegan a quién más lo necesita sino a los más rápidos. Si a esto unimos que los griegos no apuntan qué productos dan a cada persona, nos encontramos con que hay gente que está haciendo acopio de productos mientras otros se quedan sin nada: si cinco integrantes de una tienda de campaña van al almacén y piden leche, como no se registra la entrega, se llevan cinco litros. Luego llega el siguiente y puede que se quede sin su ración porque ya no queda.

Desde que llegamos tratamos de que la organización sistematice las entregas porque lo que está haciendo ahora es fomentar la aparición de un mercado negro, si es que no existe ya. No discutimos que todo el mundo trabaja con buena voluntad, pero o se organizan bien las cosas o lo que ahora son tensiones van a acabar por ser conflictos. Recordemos que aquí conviven sirios, iraquíes,kurdos y afganos. Los kurdos llevan siendo machacados por los estados sirio e iraquí toda la vida y en el campo son minoría. No les hace ninguna gracia que los árabes y los persas se hagan con todos los productos de primera necesidad. Una simple tarjeta con un número evitaría estos problemas porque garantizaría la entrega de productos de modo equitativo.

A las 8 se marcharon los portugueses. Una de las niñas, cuando se acercaba el momento, se echó a llorar y se abrazó a Ana, una de las chicas portuguesas, y no la dejaba irse. Verla llorar nos puso los pelos de punta a todas/os. De pronto aparecieron los timbales y se armó el belén para despedirlos. Y todos llorando, claro.
La única foto del día es para ellos. Revolucionaron el campo con sus actividades de animación sociocultural y, para nosotros, fue un alivio tenerlos en el campo porque por fin pudimos comunicarnos y entendernos con gente que pensaba parecido a nosotros. En esta foto sale una chica con un bebé en brazos. Ella es Marta y es una de las portuguesas. El bebé es Gabriel. Poco después de nacer, la guerra se llevó la vida de su madre y ahora está solo con su padre, un chico joven que suplicaba a las portuguesas que se llevaran  a Gabriel con ellas. Ese niño es lo único que le queda en la vida, pero quiere para él una vida mejor que la que el destino tiene preparada para ambos. Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen.

Texto y fotos, Borja Llorente

1 Comentario

  1. La historia es que al final, todos y cada uno de nosotros, escapamos de guerras, bombas y miserias. Quién no lo quiera entender es porque vive con los ojos cerrados, ajenos a la brutal realidad y de la que no podemos ni debemos escapar u obviar.

    Un placer (por desgracia) leer tu artículo.
    Un abrazo muy grande,
    Carmen Migoya San Miguel

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