Entramos en la recta final

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En 48 horas estaremos aterrizando en Barajas dejando atrás la bonita experiencia de Ritsona Camp y sus gentes. Así que ya poco más podemos hacer tal y como están las cosas por aquí. Mañana se van Leona y Gus, dos de las voluntarias más trabajadoras, siendo la primera nuestra coordinadora de facto todo este tiempo.

Ritsona sigue mostrando su peculiar y caótica armonía cotidiana. Los voluntarios griegos se desentienden de todo. Ni organizan turnos entre los voluntarios extranjeros, ni ayudan ni están apenas por allí. Por su parte los militares siguen con la instalación de la electricidad, la traída del agua y las obras en el viejo edificio. Las ONG comienzan a llegar y grupos de personas con camisetas de entidades pululan sin rumbo por nuestra pequeña Damasco, que a mi me recuerda Marrakech.

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Los voluntarios extranjeros reparten el agua tienda a tienda y Leona, creo que sabiendo que su marcha va a suponer un traspiés para el poco orden que hay aquí, decidió repartir packs de productos básicos del almacén por todas las tiendas, dado que los griegos reparten sin control a todo el que pide, tenga o no tenga, hágale o no falta alguna y pida las veces que pida.

Entre tanto nos salió un encargo: ir a Atenas a por ropa y producto para los bebés. Nos llevó más de una hora que nos concretaran a dónde había que ir y que nos aseguraran que alguien iba a estar allí. Peaje que vienes peaje que vas llegamos a Atenas. Soportamos su caótica circulación y  accedimos a un polígono industrial que debió vivir sus mejores momentos cuando ninguno de los dos había nacido.

No estaba nadie esperándonos ni había tal almacén. La geolocalización que nos mandaron por whatsapp era errónea. “No pasa nada, ahora viene una compañera y os lleva al sitio correcto” -había pasado media hora-. Primero nos dijeron que tardaría 12 minutos, luego que tardaría otros 6 y finalmente que estaba solo a tres calles y no tardaba nada. El caso es que a la hora y media de llegar decidimos no seguir participando del subrealismo griego y volvimos para Ritsona. 4 horas perdidas entre ir, esperar y volver, cuatro peajes abonados que ya no irán a parar al campamento y lo peor…cuatro horas menos, de las pocas que nos quedan, para empaparnos de Ritsona y respirar su característica atmósfera.

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Pero al llegar nos fuimos directos a comprar. Muchos niños no tienen mochila para ir a la escuela. Así que había que corregir esa situación. Hemos comprado 30 mochilinas para los que no tienen. Y pensando en toda la gente que no tiene nada que hacer en todo el día nos decidimos por comprar unos cuantos ajedreces más, juegos de cartas y alguna otra cosa para darle vida al campamento. También compramos unos 40 pares de zapatillas deportivas y cuando íbamos a seguir con las compras una dependienta nos avisó, con cara de agotamiento, de que su jornada acababa en unos minutos.

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Eran las nueve y media de la noche cuando nos dimos cuenta de que el día se había esfumado y ni tan siquiera habíamos comido. Supongo que la mala hostia nos quitó el hambre. Nos fuimos a nuestro Gyros preferido y nos resarcimos como buenos asturianos. Eso sí, por tan sólo 5,70 euros. Ye lo que tien la isla de Evia.

Hoy todo nos salió mal. Escribiendo al filo de la medianoche dos sensaciones me acechan: el cansancio y las ganas de llorar. Así son las cosas aquí. Deseamos que las ONG logren poner un poco de orden en la organización del campamento. Nosotros hemos fracasado rotundamente en esa tarea.

 

Texto y fotos Borja Llorente. Crónica desde un campo de refugiados.

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