¡Hasta siempre, Ritsona!

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Hoy nos fuimos muy temprano a Ritsona Camp para aprovechar al máximo las últimas horas allí. Ritsona Camp es como un autobús urbano, siempre lleno de gente, pero casi nunca el primero en subir llega a la última parada y, de pronto, el más veterano en el autobús es el que se subió en la penúltima estación. Algo parecido pasa aquí, del pequeño grupo de voluntarias/os que encontramos al llegar prácticamente no queda nadie, sólo Juanito el de San Diego, su hermana y los griegos. Es raro el día que no hay despedidas, así que seguramente en una semana o dos ya nadie nos conocerá allí ni habrá coincidido con nosotros.

Al llegar nos enteramos de que tres familias abandonaron Ritsona Camp porque ayer, con el calor de los últimos días, salieron de su letargo las temidas serpientes. Durante el reparto del agua pude comprobar como dos tiendas, de entre las que tuve que acercarme a llevar agua, estaban vacías.

Un rato después repartimos el calzado que compramos ayer. Teníamos muchas dudas de cómo hacerlo y, al final, pudo más el sentimiento que el rigor y decidimos que íbamos a ayudar en especial a los kurdos. No obstante, no dejamos a nadie sin calzado de entre los que vimos que realmente lo necesitaban. Por su parte las mochilas se las entregamos a la maestra para que las repartiera entre el alumnado que no tenía.

Después pusimos a pintar a un grupo de unos 30 niñas y niños en un prau que hay al lado de la carpa. Nos costó mucho que se calmasen al principio. Están acostumbrados a la escasez y hasta que no vieron que iba a haber pincel, cartulina y pintura para todos/as no se tranquilizaron.

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Un mensaje recurrente: love. Para quien ha crecido entre bombas no está nada mal. Y teniendo en cuenta que en las jugueterías los juguetes de guerra tienen su propia sección y que los de pensar, como el ajedrez, están siempre escondidos… miedo me da lo que podría haber salido si hacemos el experimento en España.

 

Decenas de cooperantes de varias ONG ya están aquí, como os contaba ayer, y hoy tuvieron una reunión con las autoridades locales en Chalkida. Seguramente asuman la gestión del campo y los voluntarios independientes tendrán que apuntarse a través de ellas. Es algo que, en cierto modo, me parece bien, entre evangelistas, adventistas, ortodoxos, católicos, y  otros grupos de interés que no vienen a ayudar sino a hacer proselitismo, y los chiflados en general, que entran y salen sin que nadie les pregunte quiénes son y a qué han venido, es lógico que se empiece a acotar un poco lo que se puede hacer y quién lo debe hacer.

Una de estas ONG, de origen sueco, tiene un montón de voluntarios. Les hemos entregado los ajedreces, doce packs de bádminton y las barajas, para que organicen actividades y las cosas que compramos no sean para personas en concreto sino para la comunidad.

Por la tarde llegó la hora de las despedidas. Sólo le dijimos que nos marchamos a unos pocos voluntarios y a algunos refugiados, como nuestro amigo kurdo que habla español, la familia de Nour (la amiguina de Itiziar) y algunos más. Así que nos despedimos de Ritsona de modo desapercibido: no queríamos que fuese más difícil de lo que en realidad ya es.

Antes de cenar llevamos a dos sirios a Chalkida porque les hacía mucha ilusión ver el partido entre el Real Madrid y el Barça. Nos tomamos una con ellos, les dimos dinero para que tomasen algo más y nos fuimos a cenar con Lucía la española y su amiga griega. A las once y media volvimos a buscar a los sirios (Mohamed y Mustafá) que volvieron para Ritsona muy contentos porque ganó el Real Madrid.

Hoy no es tiempo de balances, lo dejo para mañana o pasado mañana. Del día de hoy me quedo con el café que nos tomamos a las nueve de la mañana con un grupo de jóvenes en el suelo junto a su tienda: el mejor café del mundo.

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¡Hasta siempre Ritsona! Gracias por todo lo que nos habéis dado. No a la guerra. Abajo el imperialismo. Sí a pueblos y sus trabajadores. Open the Borders.

 

Texto y fotos, Borja Llorente. Crónica desde un campo de refugiados

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