Nuestros rincones secretos I

Cobijeru

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Esta semana el concejo llanisco ha sido designado noveno mejor destino turístico en los premios Travellers’ Choice, del portal Tripadvisor.

Por este motivo, en Diario del Oriente hemos decidido ir mostrando cada semana alguno de nuestros rincones favoritos tanto del concejo como de toda la comarca. Esos lugares maravillosos que mostramos a los amigos cuando vienen de visita y de los que no nos cansamos de hablar.

Esta sección está abierta totalmente a las colaboraciones y aportaciones de los lectores así que podéis escribirnos con sugerencias de lugares que debamos destacar, fotografías que tengáis o textos que os apetezca compartir. El mail de contacto es redaccion@diariodeloriente.es

Abrimos hoy con Cobijeru.

cobijeru mapFuente Google Maps

Gulpiyuri está de moda y así lo demuestran los atascos de aparcamiento que se sucedieron durante la Semana Santa. Pero en el concejo de Llanes hay otra playa interior menos visitada e igualmente sorprendente.

Para llegar a Cobijeru, hay que dejar el coche en el pueblo de Buelna. Lo mejor es aparcar en las orillas de la carretera, sin meterse hacia el interior del pueblo. Hay que caminar en dirección al norte, cruzando las callejinas preciosas de Buelna, llenas de quintanas, casinas con balconadas, galerías y flores por doquier. Se cruza el puente sobre las vías del tren y se toma el camino a la derecha. El de la izquierda lleva a la playa de Buelna, pero de esa hablaremos otro día.

Sólo hay que seguir la senda y los carteles indicadores. Se salta un pequeño río, se camina entre árboles frondosos, se puede visitar una cueva y se lleva a la hondonada de Cobijeru para quedarse sin respiración. Es conveniente consultar la tabla de mareas para saber el horario de la pleamar ya que es mucho más guapo con marea alta.

En Cobijeru hay que bajar a la playa, subir a los acantilaos y cruzar el puente sobre las rocas. Los valientes pueden meterse en una pequeña cueva que sale a mano derecha. Es un agujero en el suelo, un poco resbaladizo así que hay que caminar con cuidado y no tener claustrofobia ya que los techos van bajando y hay que caminar agachado un tramo. Al final del trayecto se abre una galería terminada por unos huecos a modo de miradores que dan sobre el mar. Aquí de nuevo hay que tener en cuenta las mareas ya que con pleamar o marejada puede ser peligroso.

Esta peculiar playa -fruto de la naturaleza caliza de toda la costa oriental- guarda otro tesoro: uno de los pocos molinos de mareas que se conservan. Aunque lo de conservarse es un decir ya que está en ruinas, sin señalizar y a punto de desaparecer bajo la maleza. Para llegar hasta esta curiosa obra de ingeniería hay que cruzar el puente sobre los acantilados y avanzar un rato como si se regresase hacia el pueblo. Esta camino está menos transitado aún que la bajada a la playa, así que hay que caminar con precaución.

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Imágenes, Sol Caso Blanco y María Toraño

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