San Felipe, un santo para dos pueblos

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Cuenta la leyenda que las fuertes riadas inundaban la vega de Soberrón tiempo atrás. Era aquel un sitio de paso trashumante por donde los pastores y ganaderos cruzaban con sus rebaños. Un lugar de paso en el que si la lluvia caía con fuerza y los riachuelos desbordaban, se antojaba complicado y hasta peligroso para los propios animales. Uno de aquellos hombres, un tratante, dicen, se encomendó a San Felipe prometiendo que de salvar sus vacas a su paso por este punto, levantaría una capilla en su honor. Y así sucedió. Ni uno de sus terneros resultó dañado y aquel buen hombre cumplió su promesa. Inició, aquel día, la historia que hoy intentaremos narrar aquí. Seguro que aquel negociante ganadero desconocía a dónde llegaría su promesa ni a cuántos, ni cómo, alcanzaría el fervor por el santo que acabó por salvar su ganado de una gran inundación.

En los archivos se registra esta pequeña ermita «censada por el Ayuntamiento de Llanes en 1857, destinada al pueblo y dedicada al culto divino, enseñanza pública y casa concejo, con una renta anual de 3.000 reales de vellón». Es un conjunto protegido por varios factores, entre otros, por «la organización y estructura de su arquitectura y las relaciones que establece con su entorno, en especial la celebración de fiestas populares y rituales como la plantación de la h.ogera u ofrecimiento y subasta del ramo». Porque hubo un día en el que hubo h.oguera, y hasta partidas de bolos.

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La procesión, dentro de la bolera. Según cuentan, «tal vez entraran ahí porque los caminos estaban muy embarrados»

Su vega, por la que aquel pastor y el resto pasaban, fue lugar donde se ajustaron las compañías de tejeros que emigraban a Castilla a trabajar la teja y el ladrillo. Fue sitio de celebración de ferias ganaderas y fue,en definitiva, la sede fijada para que, cada 1 de mayo, se unieran La Galguera y Soberrón para honrar a su santo, San Felipe. Algo que ocurrirá hoy, como viene siendo habitual en los últimos años.

Unió y desunió

Pero no fue siempre así. A aquella cita religiosa que nadie de las personas consultadas ha sabido poner fecha, se sumaron pronto los ramos de pan y flores; las aldeanas y los romeros y los bailes tradicionales. Fue una cita religiosa que unió y desunió a los pueblos de La Galguera y Soberrón hasta el punto de, en el caso de la desunión, tener que echar mano de la Guardia Civil durante las celebraciones.

Nadie ha querido dar su nombre y todos han defendido su verdad. Cada cual, como suele suceder, defiende el suyo como el punto de vista verdadero. Pero no siempre coinciden. Sólo hay un denominador común, un pasado que no quieren recuperar si con él llegan las disputas entre vecinos, familias y seres queridos a cuenta de dónde y cómo celebrar los festejos en honor a San Felipe. Los nuevos aires han recuperado lo mejor de aquella fiesta y, a buen seguro, aún hay mucho por caminar unidos.

Nadie sabe de quién fue la culpa y unos se la echan a otros, el caso es que después de varios años de celebraciones conjuntas, los vecinos de los pueblos de La Galguera y Soberrón rompieron lazos y comenzaron las disputas, a cuenta de San Felipe.

Como en todo, generalizar sería errar, y no todos estaban de acuerdo en las disputas, como tampoco estuvieron todos de acuerdo en acabarlas más adelante.

El caso es que un día se decidió, hace al menos setenta años, que la celebración fuera alterna y un año le correspondería a La Galguera y otro le correspondería a Soberrón. La misa, siempre en el mismo lugar de culto, era el único punto de unión. Aunque, dicen, «los de La Galguera se sentaban en la bancada de la derecha -más cercana a su pueblo- y los de Soberrón a la izquierda».

El domingo de Pascua «se sorteaba al Santo» y de aquella elección azarosa -con todos los nombres de vecinos metidos en una bolsa- salía «la mayordomía». El elegido, que no podría repetirse hasta que el cargo no completara a todos los residentes, sería el encargado de la capilla, de su limpieza y lustre para la fiesta, de preparar «las once de los curas -que había varios por aquel entonces durante la celebración-» y de tener todo listo para que durante la misa no faltara de nada. Una docena de voladores anunciaban la elección y los preparativos arrancaban aquel mismo día.

La misa, decíamos, era la única unión. El año que «le tocaba» San Felipe a La Galguera el ramo salía de este pueblo y llegaban a la ermita «por el camino de Toranda, por tradición» y porque dentro del mal estado de los caminos aquel era el mejor. A veces, la romería, pasada la mañana religiosa y la comida campestre -que siempre existió- comenzaba en el campo de la capilla y continuaba con la verbena en terrenos de La Galguera. Unos años en Ortiz, otros junto a lavadero, variaba de una a otra finca privada y, por fin, en las escuelas. No había un lugar concreto, no importaba dónde fuera si era en La Galguera.

En Soberrón ocurría lo mismo. Los ramos, que con frecuencia salían del barrio del Corrillu, partían hasta la capilla y el ritual era idéntico. La diferencia es que la romería y la verbena se celebraran en la vega de la ermita o, en algunos casos, en algún otro punto de Soberrón.

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Procesión frente a la capilla de San Felipe en una de las celebraciones que le correspondía únicamente a Soberrón

Aquello, aunque sucediera, no era gusto de todos y fue cuando la juventud tomó el relevo que llegó el sentido común a todo lo que tenía que ver con las celebraciones. «Qué más querían que juntarse los jóvenes, de un lado y de otro», dicen. Y así lo hicieron. Dando un halo de esperanza a que la unión volviera a crear los vínculos iniciales, crearon una comisión conjunta de vecinos de La Galguera y Soberrón. Aquel año, hará algo más de treinta, decidieron trabajar juntos para recuperar lo que antaño les había unido. Sin embargo, de forma paralela, los que no estaban de acuerdo con aquella unión, decidieron hacer su propia comisión, formada, en este caso, por gente de más edad.

Las disputas en 1980

Con aquel escenario, quince días antes del día grande «algunos vecinos se empezaron a revolver» censurando cualquier gesto de unión. Empezaron las disputas, que llegaron a las manos y comenzó una pequeña guerra que dividió a los pueblos y, dentro de estos, a los vecinos. Ya nadie estaba de acuerdo con nadie y sin querer se habían creado un bando, «el de la unión» y otro bando, el que no la quería ver, «ni de lejos». Era el año 1980. Peleas, gritos, y disputas familiares pusieron la antesala perfecta para que, el día 1 de mayo, cuando las fiestas se celebraron la Guardia Civil estuviera presente desde primera hora de la mañana en la ermita de San Felipe.

Grupo de llaniscas y porruanos del conocido como 'el bando de la Unión'
Grupo de llaniscas y porruanos del conocido como ‘el bando de la Unión’

A la fiesta llegaron dos procesiones diferentes con  dos ramos distintos, generando así, de nuevo, un conflicto que no acababa de solucionarse por mucho empeño que los jóvenes ponían.

Así, «la piquilla continuó» y «las familias seguían mal». No tardaron nada en «enzarzarse» y la verdad es que San Felipe había despertado aquella trifulca estéril, pero es posible que los motivos fueran más allá de la celebración de las fiestas de dos pueblos. Hasta juicios se celebraron para determinar quién había pegado primero o quién había delinquido después.

La situación se volvió insostenible y el cura, Don Luis, según explican, «dijo que si los pueblos no volvían a unirse para celebrar una sola fiesta en el terreno de la capilla el santo sería trasladado a Llanes». Y una cosa es que dos hermanos discutan entre ellos y otra muy distinta que venga uno de fuera a criticarlos. Así que, mal que bien, la unión salió vencedora y los pueblos volvieron a celebrar su fiesta. Aunque sólo la liturgia.

Durante muchos años ni La Galguera ni Soberrón tuvieron ramo. Ni tampoco bailes. Había misa y romería y siempre se celebró en el entorno de la capilla. Pero no había nada más.

De aquellos episodios se concluyeron muchísimas historias que hoy cada cual cuenta según su propia convicción. Pero quedó escrito en algunos documentos y gritado a los cuatro vientos aquello de que «jamás» volverían a pisar San Felipe -nombre con el que se conoce popularmente a la vega donde se sitúa la ermita- y, por supuesto, «jamás» participarían de los festejos en honor al santo. Algunos no han vuelto y cumplieron su promesa. Otros la han olvidado, incluso niegan haberla hecho y acuden, cada 1 de mayo, a honrar a San Felipe defendiendo sus valores y gritando, otra vez a los cuatro vientos, cuán lejos llega su devoción por él.

Hoy aquello sigue vivo, pero sólo en el recuerdo. Los jóvenes han llegado para pasar página y nadie se plantea que algo tal vuelva a suceder. O al menos, nadie lo dice en alto.

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Aunque más tarde habría que contratar a grupos, los bailes se recuperaron por los mozos del pueblo.

Han vuelto los bailes, que comenzaron hace más de setenta años y que las mozas del pueblo aprendían de unas a otras. Han vuelto los ramos a salir desde la casa donde se ofrecen. Han vuelto las llaniscas y han llegado los porruanos -no tan frecuentes otrora-.

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San Felipe ha recuperado su esplendor. Tiene dos ramos de pan y flores, decenas de aldeanas, un grupo de baile y cientos de romeros que acuden religiosamente a participar de una de las primeras fiestas de prau. Ha tenido incluso acampada, que surgió de forma espontánea hace unos 15 años, y congrega a vecinos de distintos puntos de la comarca del Oriente.

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El 1 de mayo era el día en el que se estrenaban las alpargatas blancas que los padres compraban a sus hijos para todo el verano. Ahora dicen que se estrenan katiuskas porque el tiempo no suele acompañar, aunque hay excepciones.

Es, ante todo, la fiesta de Soberrón y La Galguera, y de Llanes. Y es posible, en gran parte, a personas como Loli Gago o Sara Mari. Ésta última, un día se ató la paciencia a la cintura para enfrentarse en solitario a 32 años de comisión. Fue una mujer neutral capaz de transformar aquellas disputas y canalizarlas en una fiesta que ahora brilla sola.

 

 

 

 

 

2 Comentarios

  1. Echo de menos en el artículo la figura de Loli Gago,compañera de comisión de Sara Mari durante muchísimos años.Loli fue comisión hasta que la salud se lo permitió.Ellas dos eran las que organizaban la fiesta.En 1980 el párroco de Llanes ya era Don Luis no Don Gil.

  2. Siempre s pasó bien en SanFelipe,primera fiesta d las dl concejo llanisco y donde se iba con alpargatas blancas.
    Q importa si s Soberrón o La Galguera lo q hace falta s buen tiempo y salud para celebrarlo muchos años.

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