Rincones secretos VI

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Tanto por la importancia histórica de las ruinas del monasterio de Tina, como por la impresionante riqueza de su paisaje natural y la cueva de El Pindal, este entorno del concejo de Ribadedeva merece una excursión.

Dejamos la carretera N-634 y nos dirigimos hacia Pimiango por la RD-1 ,en el pueblo hay indicadores a La Cueva del Pindal y Ermita de San Emeterio. Es una carretera de curvas, estrecha y de buen firme. Hay un enorme mirador de cemento desde el que se pueden ver los acantilados y la zona boscosa donde está medio escondido el faro. Antes de llegar a la ermita se puede dejar el coche en un aparcamiento que hay a la izquierda y que está debidamente señalizado.

Desde allí, se puede bajar por la carretera pero el camino recomendado es el que se dirige a un sendero bien marcado que baja entre encinas y laureles, una formación boscosa no muy frecuente en Asturias. Este camino lleva al borde del acantilado y deja una vista a uno de los paisajes más hermosos de la costa: la ensenada de Moral en donde un enorme islote acapara todas las fotos.

Desde allí se continua por el bosque hasta salir muy cerca de la Cueva del Pindal y de la Ermita de San Emeterio. De ésta última llama la atención el pórtico con sus columnas de madera apoyadas sobre un murete de piedra. Por la parte posterior de la ermita sale una senda a través de un bosque y entre altas paredes rocosas nos lleva, en menos de 10 minutos, hacia las ruinas del Monasterio de Santa María de Tina.

Si ha llovido en los días previos a la visita, se tendrá el regalo de ver una cascada estrechina que cae entre piedras recubiertas de musgo verde. En este punto se ve de nuevo el mar, donde desemboca el pequeño arroyo. El Monasterio de Tina está documentado del año 932, los ábsides semicirculares que se conservan son del siglo XIII y la ausencia de decoración la pone en relación con la arquitectura de los monjes cistercienses. En el exterior, adosado al muro, está el antiguo horno y en el bosque de encinas quedan restos de los muros de antiguas edificaciones.

Merece la pena acercarse hasta el borde del mar. La magia del lugar nos envolverá.

De regreso se puede hacer una parada a tomar algo en el restaurante El Mansolea de Pimiango, para conocer de paso el significado de esa palabra: era la jerga que hablaban los zapateros de la localidad.

Texto e imágenes, Sol Caso Blanco

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