La memoria en ruinas II

Villa Esther

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A finales del siglo XIX, Villa Esther brillaba con luz propia en las afueras de Llanes. Sus escalinatas, su galería, sus ventanales y su planta cuadrada le daban personalidad a esta casona que debe su nombre a Esther Bulnes Trespalacios, la esposa de su primer dueño, Florencio de la Fuente Cabrales. Estaba rodeada de jardines y contaba con otra construcción de servicio en la zona posterior.

La casa fue donada años después a la orden de las Franciscanas Misioneras de la Madre del Divino Pastor, que habían fundado el Colegio Divina Pastora en 1894 y comenzaron a usar el edificio para sus clases. Con los años, el aumento de alumnos hizo que se construyese alrededor del palacete original otro edificio más grande y moderno. Eso sí, en ese proyecto ni se respetó la construcción histórica ni se edificó con mentalidad integradora.

En la década de 1980 aún se utilizaban sus salones para clases extraescolares, como ballet, pero el edificio ya estaba en un lamentable estado de abandono y más de un ex alumno recordará algún accidente en sus escaleras. En los últimos años -el Colegio Divina Pastora terminó con su labor docente en 2009- se puso una valla de obra alrededor y se cubrieron los aleros para evitar que los desprendimientos afectasen a los alumnos durante el acceso o salida del centro.

Y hoy en día ahí sigue Villa Esther, el chalé de las monjas: esperando en silencio, mirando con envidia a vecinos de acera remodelados y cuidados, recordándonos un pasado esplendoroso y dando testimonio de lo que es una aberración urbanística.

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