Provocación y Gloria de Rodrigo Cuevas en Madrid

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Imagen: Rodrigo Cuevas, en plena Gran Vía, cerrando otro bolo para agosto a través de su smartdreña, que es como el iPhone pero made in Asturies.

Madrid, Fruela Zubizarreta

Madrid. Domingo 8 de mayo de 2016. La primavera brilla por su ausencia. No llueve. Diluvia. El mítico cielo de la capital, ese de azul encendido que alegra el alma entre el griterío de las golondrinas, se está haciendo de rogar. Mientras espero a Rodrigo Cuevas (Oviedo, 1985) en un restaurante aledaño a Callao repaso las últimas notificaciones de mi móvil: 100% de probabilidades de lluvia las próximas diez horas, un par de peticiones de amistad en Facebook, algunos likes en Instragram y un nuevo whatsapp. De nuestro protagonista precisamente.

-«Estoy aparcando. 10 min».

Ayer actuó en León y esta mañana vino pisado fuerte hasta que la lluvia le obligó a desacelerar. Vamos con el tiempo justo. A las cinco de la tarde tiene ensayo, nada, a cien metros, los que nos separan de la sala Cool, pero ya son las cuatro y cuarto. «La cocina cierra ya», advierte el camarero. Está bien, una hamburguesa para mi amigo y arroz negro para mí.

Rodrigo es bastante alto. Al menos es la primera impresión que me llevo cuando lo veo aparecer. Camina raro. Con paso firme de astur orgulloso, elegante, pero raro. «Hola Rodrigo, espero que te gusten las hamburguesas porque te he tenido que pedir una». Cuevas luce un bigotazo negro totalmente hipster que provoca un (suponemos) intencionado efecto-contraste con su cara de jovencérrimo agraciado. Porque Rodrigo es un poco Freddie Mercury, pero en guapo.

-«Genial, me encantan las hamburguesas», responde mientras se sienta.

Y entonces: ¡el estupor! «Pero, pero… ¿Pero qué me llevas ahí hombre de dios?», le inquiero. Rodrigo Cuevas camina raro porque ha entrado en este restaurante, que en su día estuvo muy de moda, en madreñas, ¡sus míticas madreñas con zapatillinas de cuadros y felpa tipo tercera edad y los preceptivos calcetinos blancos! Abajo todas las defensas. En un minuto comemos, hablamos y reímos como si nos conociésemos de toda la vida.

Y pensar que hemos llegado hasta aquí por culpa… bueno, no: gracias a… ese vídeo cutre, grabado en Nava con un móvil birrioso, que el verano pasado se convirtió en viral en tooooda Asturias y aledaños cantábricos. Increíble. En aquella grabación (¡vertical! #siempreenhorizontalporfavor) Cuevas se empleaba a fondo con su hoy archifamoso Ritmu de Verdiciu. Mal iluminado, sonido pésimo, imagen temblorosa… pero mira: viral a golpe de madreñas, medias, ligero, braguitas y torso hercúleo. Imposible que el milagro digital no se produjese (60.000 visitas sólo en la primera semana).

-¿Cuántas madreñas tienes?
Solo tengo dos pares. Unas para andar y otras para actuar, éstas, que me las hizo un artesano de Caso.

Vaya, por alguna extraña razón imaginaba que atesoraba decenas de ellas en casa. Pero no, este nativo digital que organiza su vida y su carrera a golpe de smartphone es austero y muy práctico. Todo un hombre orquesta que viaja solo con tres maletas: una con la ropa, otra con su adorado acordeón y otra con su primer disco, «Yo soy la maga», que vende después de cada actuación.

-«A los que vienen en madreñas al concierto les regalo además un póster. ¿Cuál quieres?», ofrece.
-«Este, en el que sales con el pico Urriellu detrás».

-¿Qué inspira a Rodrigo Cuevas?
A mí, desde siempre, me han encantado las cupletistas, todas, en especial Sara Montiel y Marujita Díaz. Y luego ya, en otro nivel superior, idolatro por encima de todas las cosas a Lina Morgan. Yo todos los días veía alguna de sus películas o de sus obras de teatro para la tele: «El último tranvía», «Vaya par de gemelas», «Sí al amor», «Celeste no es un color»… Me sé los diálogos enteros de todas, de principio a fin. Pero soy cero mitómano, que conste.

-Y tu puesta en escena… ¿de dónde sale? Porque mí me recuerdas al travesti cañón que interpretaba Tim Curry en The Rocky Horror Picture Show, la peli de 1975, con sus medias, el liguero, las braguitas…
Oye ¡que no son bragas, que son calzoncillos… No ves que las bragas no tienen hueco, son planas. (Risas. Bueno, ataque de risa más bien). No sé, no fue nada demasiado premeditado. Me aparecía hacer algo cabaretero y me salió este look.

Con la carrera de piano bien acabada sobre sus espaldas (la superior la cursó en Barcelona), Cuevas se inició en esto de las perfomances, o del cabaret de madreña, o del couplé de prau, por casualidad.

-¿Cómo empezó todo?
En la típica fiesta de fin de curso. Luego me dio por tocar en la calle, ser músico callejero por puro morbo… Como también toco el acordeón, pues empecé a montar mis numeritos y a coger tablas. La calle es una gran escuela. Y de ahí pasé a colaborar con algunos espectáculos de cabaret de Barcelona. Luego me fui a vivir a Galicia que fue donde empecé a interesarme por el folclore. Y entonces ya me dio como un siroco, lo mezclé todo en la cabeza y aquí estoy, comiendo una hamburguesa en Madrid con las madreñas bien puestas.

-Hablemos de tu repertorio. ¿Cómo eliges tus canciones?
Me las voy encontrando. Tengo repertorio de sobra para estar sobre el escenario dos horas o más.

-¿Y cómo se te cruzó el Ritmu de Verdiciu?
Yo siempre toqué Soy de Verdiciu con el acordeón. Me parece un megatemazo con una letra sublime sobre el arte de recoger berces pa’echales con fabes y con llacón. Poesía pura. ¡Lo más!. (Risas). Pero hay más, claro está: chotis 2.0, streaptease acuático, copla, boleros…

-¿Tu provocación es marketing o pura necesidad, exhibicionismo del bueno?
Pues mira que yo no hablaría de provocación. No quiero provocar, lo mío es más sencillo: necesito expresarme y me salen estas historias. Yo no me estoy inventando nada, todo esto ya se hacía hace setenta años o más. Lo que está claro es que mi personaje sobre el escenario gusta. Los asturianos, por nuestro carácter, entendemos muy bien este tipo de cosas.

-¿Y en casa que te dicen?
¿Quién?

-Tus padres…
Uy, están encantados. Todos están encantados.

-¿Y tu fama de qué tipo es: de las llevaderas o de las incómodas?
Llevadera, llevadera. La gente me para todo el rato, que si una foto, que si un autógrafo… Pero bien. Estoy feliz. Lo que ahora quiero es que la gente vea que soy mucho más que Ritmu de Verdiciu.

Y llegados a este punto. A diez minutos del ensayo de Rodrigo en la sala Cool –en la que hoy él es uno de los principales reclamos de la siempre divertida fiesta mensual gay «Churros con chocolate», dedicada en esta ocasión a lo castizo ante el inminente San Isidro 2016– uno cae en la cuenta de que aún no ha relacionado al protagonista con el Oriente astur, condición sine qua non para publicar esta entrañable entrevista en Diario del Oriente.

-¡Dale, Rodrigo, por dios, necesitamos una conexión boina! ¡Dime que tienes algo por ahí!
Fácil. Mi abuelo es de Les Arriondes, de Bodes. Y en el disco llevo una versión del Corri-Corri de Cabrales… porque yo soy más de interior que de costa, (risas), en la que canto con Anabel Santiago. Esta versión es como un mantra indio porque el Corri-Corri es, más que laaargo, eterno. (Risas).

-¿Te veremos actuar en alguna de nuestras entrañables verbenas o fiestas de prau?
Seguro, pero daos prisa en contratarme que tengo el verano prácticamente cerrado.

Sala Cool. Diez de la noche. Rodrigo Cuevas entra en escena con falda asturiana abierta por delante y lentejuelas, madreñas, medias, liguero y calzoncillos con hueco. Madrid observa atónita. Rodrigo triunfa clamorosamente. Tenemos Cuevas para rato.

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