Indianos

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Se ha tratado el fenómeno de los indianos, como una gesta gloriosa, donde cualquiera podía alcanzar fortuna, pero la realidad difiera de esa imagen.  La masiva emigración del siglo XIX, constituyó un drama, donde los jóvenes se vieron abocados a abandonar su tierra. La penuria de las crisis agrícolas fomentó la emigración como la única salida, junto con otros factores como el reclutamiento militar obligatorio, las guerras carlistas y la guerra de Marruecos. La sed de aventuras, imitación o “costumbre” fue más bien un tópico que una realidad palpable, como causa migratoria. Tampoco es achacable el analfabetismo como causa principal, hay regiones cuya tasa de analfabetos era muy alta, como Andalucía, Extremadura y La Mancha, y no hubo un masivo flujo migratorio como ocurrió en la cornisa cantábrica y las islas Canarias. En este fenómeno convergen varios factores como causas para emigrar. Se trata de una emigración prácticamente masculina, la emigración femenina, fue prácticamente anecdótica durante el siglo XIX.

Se tiende a asociar el término “indiano” con riqueza, sin embargo, no se tiene en cuenta que sólo una minoría, una elite, alcanzó el triunfo. Muchos murieron durante la travesía, y otros no lograron  “hacer las Américas”. Una mayoría silente fracasó en el empeño, y cayó en el olvido.  Su precaria situación les hizo caer en la marginalidad, circunstancia que dificulta cuantificar su número. Ese ambiente, propició, o no impidió, las uniones con otras razas, negros y mulatos, principalmente. Más usual entre los hombres, aunque existieron algunos matrimonios de mujeres blancas con hombres de color. La carencia de medios económicos con que sufragarse el viaje de retorno hizo imposible el regreso a su tierra. Para ellos, la aventura indiana, fue un viaje sin retorno, son los denominados, “indianos de pote”, de “maleta de agua” o de “hilo negro”. Los fracasados de ultramar, de los que nadie habla, nadie recuerda. Sólo una minoría logró hacer realidad el sueño americano.

En el siglo XIX, existió gran difusión de las ventajas que proporcionaba la emigración a ultramar, realizada por grupos interesados en potenciarla y favorecerla. Navieras, ferrocarriles, transportes terrestres e intermediarios, realizaron una importante campaña propagandística con todos los medios a su alcance: prensa, hojas volantes y comunicación oral. Una amplia red de individuos, llamados “enganchadores”, viajaba por pueblos y aldeas lanzado soflamas buscando adeptos a tan pingue negocio. Facilitaban todos los trámites, no siempre dentro la legalidad. La emigración clandestina existió, y como tal, imposible de cuantificar. Los jóvenes –algunos casi niños-  eran una  mercancía más  de cualquier barco. En una travesía donde lo importante era la velocidad y no las condiciones de vida del pasaje. Un viaje caro, muy caro para las modestas familias con escasos recursos económicos. Sujeto a las arbitrariedades de los armadores y empresarios.  La familia del emigrante solía contraer grandes deudas que duraban años hasta liquidarlas, en el mejor de los casos. Los países receptores variaron según cada época. Durante el período de mayor afluencia –siglo XIX- destaca Cuba, la “tierra prometida”, seguido de Argentina, Uruguay, y más tarde México. Con menor número de emigrantes estarían Estados Unidos, Chile, Puerto Rico y Venezuela más avanzado el siglo XX.

Asturias fue una de las regiones donde el caudal de emigrantes fue muy elevado. Y en Cuba, los asturianos, hacia 1880, alcanzaron tal magnitud, que llegaron a ser la segunda mano de obra de las colonias, siendo la primera la comunidad negra. Los asturianos de la isla caribeña, tenían una organización política y social bien estructurada y activa, que supo defender sus intereses durante una época difícil para España. Fueron una comunidad  muy influyente, no sólo por su cohesión interna, sino por la importancia de sus miembros dentro de la economía cubana y peninsular. Cabe destacar a personajes como: José Antonio Bances, Segundo García Tuñón, Leopoldo González y Carvajal, Martín González del Valle y Carvajal, José Pedro Pertierra Álvarez, Ramón Argüelles Alonso, Antonio Quesada y Soto, Manuel Rodríguez Maribona, Álvarez Valdés, González Longoria, Manuel Valle, entre otros. Cuyas fortunas –en algunos casos- superan los 200 millones de reales. Nadie en la península les iguala.

La ocupación habitual de los asturianos en Cuba se centró en el sector del comercio, cimentado sobre un modelo paternalista, distorsionado, que rayaba en la explotación. Comúnmente llamados “esclavos de mostrador”, llegaban a dormir sobre los mismos, y las trastiendas de los almacenes fueron su primer hogar en la isla. En el mejor de los casos – y gracias a un ímprobo esfuerzo, capacidad de trabajo, sacrificio, ahorro e innata inteligencia- llegaron a poseer su propio negocio. Las fortunas indianas logradas entre los años 60-80 del siglo XIX, conformaron el grupo dominante, una auténtica “oligarquía indiana”, donde sobresalen los asturianos. Las sociedades y centros regionales creados por ellos, -además de ayudar a sus compatriotas- constituyeron verdaderos centros de poder. Esta minoría controlaba las relaciones entre Cuba y España. Sus intereses abarcaban todos los ámbitos desde el político, el social o el económico.

Estos grandes indianos realizaron numerosas donaciones para diversos sectores: infraestructuras, beneficencia, educación, entre otros muchos. En ocasiones, estas donaciones no se circunscriben al acto de una persona determinada, sino que estas continuaron en el tiempo a través de sus descendientes, quienes se hacen cargo del legado de sus antecesores. Las remesas de capital tras el desastre del 98 ayudaron a equilibrar la maltrecha balanza de pagos española con el exterior, y produjeron una dinamización del país en general, con especial repercusión en la cornisa cantábrica modernizando el entorno.

El indiano fue mucho más que aquel emigrante que con su fortuna realiza obras de beneficencia o mejoras entre sus vecinos. El indiano aportó nuevas formas de vida, nuevas tecnologías que cambiaron la vida cotidiana de sus lugares de origen.  Nuevos usos, costumbres, higiene alimentación, ropajes, colores, arquitectura, negocios, entre otros aspectos.  Con especial incidencia en la educación, querían que quienes emigrasen no pasaran las mismas calamidades que ellos y para  lo cual, era imprescindible la formación. La preocupación por desenvolverse en otras lenguas, es una preocupación constante. Ya saben que el inglés es el idioma del futuro, la lengua comercial, y se preocupan porque se difundan en las aulas.

El indiano asturiano es generoso, nunca olvida su origen y participa de su éxito con sus vecinos. Pero,- como dijimos al principio- ni todos volvieron, ni todos triunfaron, la mayoría se quedó en ese intento, en ese sueño de “hacer las Américas”. Algunos murieron en el viaje, otros de enfermedades tropicales y muchos cayeron en la marginalidad y de ellos nada se sabe. El sueño de todo indiano se completa cuando se cierra su círculo vital, y regresa ya muy mayor a morir en su tierra, con los suyos, entre el verdor de Asturias. Pero no todos pudieron hacerlo…

Así decía una copla recogida por Ángel de La Moría:

“Asturianos son mis ojos,

que de Asturias han salido

y de Asturias han de volver

si no muero en el camino”.

Mª Magdalena Fernández- Peña Bernaldo de Quirós

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