Ribadedeva cose los trajes de la corte de Carlos V

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Cuentan que una tarde del 28 de septiembre de 1517, el joven Carlos V llegó a un pueblo desconocido para él. Un lugar en donde el mar chocaba con acantilados verticales y en donde su privilegiada ubicación era un inmenso mirador. Lo halló en su vuelta de Tazones, cuando después de haber pasado Villaviciosa, Colunga, Ribadesella y Llanes apareció en un lugar llamado Pimiango. Era su primer viaje a España. Un cortejo de cornetas y tambores anunciaron su llegada, y la del séquito que lo acompañaba: cardenales, guardias, alabarderos, damas y pajes, para honra de la la autoridad local que lo recibía, en la Casa Fuerte de los Colombres, y para asombro de aquellos campesinos del lugar que se acercaban, curiosos, a admirar la presencia del príncipe a sus dominios.
Dicen, porque de aquello nada quedó escrito, que el futuro rey fue agasajado con flores, y con viandas.  Y describen cómo aquellas gentes del pueblo quedaron prendadas de Carlos V, de su corte y de las indumentarias que les ataviaban.
No hay nada escrito, «todo lo que sabemos es por tradición oral», aunque, por suerte, la pintura, dejó fieles reflejos de los detalles de, por ejemplo, aquellos hermosos atuendos que vestían quienes acompañaban al príncipe, y a su hermana Leonor. Unos atuendos que volverán a Ribadedeva y que una veintena de mujeres se han esforzado en cortar, coser y bordar para que no se escape un sólo detalle de tan prestigiosa visita al pueblo de Pimiango.
Ha sido ahí, en esta pequeña aldea de ubicación privilegiada, donde estas mujeres atendieron a la llamada de un curso de costura que convocó el Ayuntamiento ribadedense. Una maestra con experiencia sobrada en la causa, llegada desde el pueblo cántabro de Cartes, María Jesús Pérez, sirvió de guía para dirigir las puntadas de estas entusiastas que no han faltado ni un sólo sábado, desde el pasado mes de noviembre, a su cita en la Casa de Concejo. «Creo que la mayoría no sabía ni cortar», cuentan echando la vista atrás.
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El murmullo de dos máquinas de coser que ultiman detalles; el olor del vapor de la plancha que deja impecable hasta la última prenda; el sonido silencioso de la aguja traspasando estas telas de «primera calidad»; «Costurera sin dedal, cose poco y cose mal», dicen riendo cuando a alguna se le olvida fijar en su dedo el protector; terciopelos, sedas, adamascados, brocas, rasos, pasamanerías y hasta cristales swarovski; telas, tizas, cintas métricas; agujas, hilos de colores y alfileteros; últimos detalles, carreras alrededor de la mesa, consejos de última hora, cierta ilusión de quien ve la labor realizada… y, a cada rato, un repaso por un perchero del que, a dos metros del suelo, cuelgan «más de treinta» trajes que componen capas, vestidos, chaquetas, camisas… todos perfectamente acabados, atendiendo a la historia y y sin dejar atrás un sólo detalle. La estancia es un verdadero trasiego de mujeres, y algún hombre que llega de visita a observar los trajes acabados.
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«Son pocos todavía, pero hemos preferido la calidad a la cantidad», explica Marina Laso, miembro de la Asociación Mansolea de Actividades y Festejos (COMANDEFE). Porque el objetivo será crecer, pero, de momento, «hemos hecho cada uno el de los nuestros» para ir previendo la participación en lo que se ha convertido en un evento que llena de orgullo a vecinos y visitantes. «De momento no somos muchos, pero queremos hacer una recreación fiel a lo que sucedió y que nos han contado, esto no es un carnaval», es una cita con la historia que en Pimiango quieren no sólo respetar, sino también realzar.
El pasado año, cuando todo se fraguó, «planteamos al Ayuntamiento representar la llegada de Carlos V a Pimiango» y, agradece Laso, «nos apoyaron en todo desde el primer momento». La idea era demasiado prematura y por entonces se echó mano de figurantes de Tazones y de Cantabria que, ayudados por los tambores y las cornetas de San Vicente de la Barquera, lograron recrear el momento creando una exitosa interpretación. Si ellos podían, y algunos miembros de COMANDEFE, eran parte, «decidimos que todos los que quisieran participar del pueblo, o del concejo, podrían hacerlo si cosían sus propios trajes», y si respetan unas normas estrictas de interpretación. De nuevo la idea fue planteada en las dependencias municipales y, de nuevo, el apoyo volvió a ser una realidad.
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Volverán los figurantes de fuera, pero ahora también los habrá en casa. Y será gracias a estas mujeres talentosas que ayer concluían su viaje por el siglo XVI y que miraban, con cariño y orgullo callado, el perchero en el que guarda con celo sus creaciones que habrá que descubrir en su debido momento. El taller ha servido para comenzar el armario de la historia, pero también para crear un nexo entre vecinos que residen en Pimiango y fuera de él. Un vínculo que, hace 499 años, les unió ante la ilustre visita.
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Han sido muchas horas, mucho esfuerzo, mucho cariño y mucho respeto, a la época y sus detalles. Han cumplido su objetivo y ayer lo celebraron con una merienda final después de recoger los recortes de tela y los patrones que han servido para que este hermoso pueblo ribadedense pueda vestir a la corte de Carlos V, y también a los campesinos que un día recibieron al futuro rey dando de sí lo mejor que tenían.

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