Proyecto Jungla

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Estuve el recién terminado fin de semana en Llanes, después de un mes sin aparecer por allí, y quedé gratamente sorprendido por el que parece nuevo proyecto turístico ideado gracias a la inusual colaboración de las tres Administraciones y que, por lo visto, pretende acercar al turista las sensaciones que los visitantes de las selvas africanas y la jungla amazónica perciben en sus estancias en aquellos lejanos parajes. Ignoro su nombre; estoy seguro que, en caso de que aún gobernasen los socialistas, sería algo como «Ven a interactuar en la jungla» y ya habrían editado doscientos mil folletos y viajado tres concejales a la feria de Madrid a presentarlo, pero con los de ahora será algo menos pretencioso como » Proyecto jungla» o similar.  

Las emociones ya comienzan al desviarse por la salida hacia Llanes y observar las dos rotondas sobre la autovía, tupidas y frondosas como nunca antes y plenas de hierbas y arbustos creciendo en un llamativo descontrol. Pero lo fuerte empieza al tomar la carretera AS-263. En ella son visibles los grandes esfuerzos realizados por la Administración Regional en transmitir a los que arriban en coche lo que se siente al transitar por los polvorientos y sinuosos caminos de la jungla, llenos de maleza y plantas exóticas. La altura de la hierba de los lados de la calzada hace que ésta se venza hacia la vía e invada parte de los dos carriles, con lo que se consigue una temeraria tendencia de los vehículos a irse hacia el centro, convirtiendo el cruce de dos de ellos en una experiencia cercana al infarto de miocardio. El ocupante del coche además, completamente mimetizado con el medio que le rodea, se imagina a bordo de un recio Land Rover a la espera que de entre la maleza surja un león, quizás un rebaño de antílopes, a lo mejor una familia de elefantes a los que ceder graciosamente el paso mientras cruzan con parsimonia por delante de nuestro vehículo. 

Cuando uno llega a la rotonda de Partarríu y se encuentra allí medio emboscado a Garzón -el comunista, no el juez- siente lo mismo que si un jefe masai le observara entre los árboles y le entran ganas de salir pitando de allí, por aquello de evitar en lo posible acabar en la cazuela. Si decide tirar por la circunvalación, la cosa mejora. La Administración local, en plena competencia con las demás, ha apostado no sólo por dejar crecer aún más la vegetación, sino que en esta carretera encontramos incluso plantas criando en medio del asfalto. Aquí lo cierto es que el efecto que se consigue no es tan cercano al de la jungla, sino que uno más bien cree ser Will Smith en Soy Leyenda, vagando por la ciudad abandonada a la espera de que los mutantes salgan de paseo al tiempo que el sol se oculta. Pero a pesar de ello, el visitante no se aburre en absoluto pues la ambientación es perfecta, con el cercano palacio de los Altares quemado y abandonado, varios caballos y vacas solitarios paciendo en las fincas cercanas y ni un humano por los alrededores.

Para el que llega en autobús la cosa es aún mejor. El Ayuntamiento ha tirado la casa por la ventana y la ambientación de la estación es inmejorable. Se conocen ya casos de viajeros que descienden del autocar machete en ristre para abrirse paso entre la enmarañada maleza que encuentra en los espacios verdes y se baraja la posibilidad de repartir gratuitamente salacots y cantimploras los días soleados e incluso alquilar fusiles y escopetas para defenderse de la abundante fauna autóctona. Lo que les resultará imprescindible a los que opten por dar un paseo por la antiguamente agradable senda del río Carrocedo, hoy convertida en inexpugnable y peligrosa jungla amazónica, es aplicarse por todo el cuerpo una alta protección contra los insectos más agresivos del planeta que se encontrarán inevitablemente si deciden encaminar sus pasos hacia allí.   

Los que gusten de deambular o parar a tomar algo por las entrañas de la villa podrán apreciar, en vivo y en directo, los espectaculares ataques organizados y perfectamente planificados de ávidas bandadas de gaviotas quienes, en perfecta formación, caen con inusitada eficacia sobre los indefensos cubos de basura sin tapa ni nada que el actual Gobierno municipal insiste en mantener. Podrán observar las increíbles maniobras de los volátiles quienes, por parejas, van sacando las bolsas de los recipientes, las estampan convenientemente contra el suelo haciéndolas trizas y devoran lo mismo latas casi enteras de mejillones que los espaguetis que sobraron en alguna mesa, dando de cuando en cuando largos tragos de cerveza u otros jugosos líquidos que encuentren en su concienzuda búsqueda.

En el paseo de San Pedro se ha adoptado la misma táctica. Allí tampoco se usa la segadora, de manera que los viandantes y corredores han ido abriendo dos carrilillos, uno de ida y otro de vuelta, con el fin de salvar sus piernas de arañazos provocados por la altura de la hierba y de picaduras de los abundantes bichos que entre ella pululan. Si visitan el barrio de Las Malvinas, verán a los niños jugar y esconderse entre la frondosa vegetación, cazar arangüezos y perseguir roedores de buen tamaño y si como yo, se acercan hasta la playa de Poo, además de ir evitando las hierbas laterales de más de un metro de altura se encontrarán que en el arenal campan a sus anchas decenas de perros, a pesar de que la presencia de bañistas y niños es considerable. Sin pagar entrada podrán comprobar cómo los canes hacen sus necesidades en la misma arena que después tocarán sus hijos con total y absoluta libertad, como cualquier animal que habita bosques, junglas y selvas. En definitiva, el proyecto o la actuación o como diablos lo llamen es de lo más recomendable si el visitante es persona a la búsqueda de fuertes emociones. Y si no, pues que se vaya a otro sitio, que nadie le obliga a quedarse. ¿Verdad?    

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