La identidad de los pueblos

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No me estoy refiriendo a los pueblos en su calidad de etnias o razas. Me refiero a nuestros pueblos; a los pueblos en los que nacimos, nos criamos y en los que vivimos o frecuentamos.

Cada uno de estos pueblos tiene, o ha tenido, su propia identidad. Son seres vivos, con peculiaridades acusadas al igual que las personas. Son entidades sociales que se han ido forjando a través de siglos, con su propia y marcada personalidad, que ha sido configurada por sus gentes, sus edificaciones, su orografía, su clima y un sin fin de aspectos influyentes.

Hay pueblos felices y pueblos tristes. Hay pueblos inquietos y pueblos pasotas. Hay pueblos jóvenes y pueblos viejos. Hay pueblos que no miran ni adelante ni atrás, están estancados en un presente anodino. Los hay como los barcos (que diría Arturo Pérez Reverte) que están, simplemente, dispuestos a ser lo que es la persona que los gobierna. No saben conjugar el pasado con el presente ni les interesa y están sometidos a sutiles y poderosas influencias. Son pueblos entregados que ya no tienen ninguna identidad. A penas saben quienes son y, por supuesto, no les interesa saber quienes fueron ni lo que podrán ser en un futuro.

El progreso y la prosperidad económica recientes de países como España, ha traído a los pueblos grandes ventajas, pero éstas han venido de la mano de importantes inconvenientes. Cuando la forma de progresar no se entiende, o se entiende mal, la modernidad se lleva por delante hasta la identidad de los pueblos.

Las personas físicas no podemos conservarnos, somos materia de un día, pero si pueden ser conservadas, al menos, nuestras memorias y nuestras obras. Lo que sí se puede conservar, en lo posible, es esa otra parte de nuestra identidad conformada por nuestro entorno, por esas cosas materiales, espirituales y culturales que tanto han contribuido a nuestra propia personalidad. Hoy, hay pueblos que sufren en sus carnes esa desgracia del desarraigo y del olvido. Hoy, hay pueblos, como el mío, que han perdido totalmente su identidad.

Un pueblo tiene que pensar por sí mismo, y ser capaz de caminar mirando hacia delante sin olvidarse nunca de su pasado. Un pueblo tiene que recordar a los predecesores que lo forjaron y las señas culturales o de identidad que lo distinguieron. Un pueblo, a pesar de los graves inconvenientes que pueda sufrir, no puede dormirse en un presente apesebrado. En el momento que un pueblo pierde el dinamismo y las inquietudes, está perdido él mismo. Hoy leía, en la prensa regional, una frase de un político asturiano, referida a Asturias, que puede aplicarse por inclusión, a muchos de nuestros pueblos: “Son una sociedad fraccionada y apática, incapaces de trascender lo común”.

Existen, para que esto ocurra, diversas razones. Una de ellas, muy importante, es la migración de las gentes. De la misma manera que nuestros pueblos despiden vecinos que se trasladan a otros lugares por motivos económicos, laborales o sociales, nuestros pueblos reciben otras gentes. No se debe, ni se puede, ser excluyente con ellos pero sí hay que reconocer su influencia (no maliciosa) en la pérdida de las tradiciones e identidad locales.

La falta de sensibilidad por parte de los que toman decisiones, es otra de las razones influyentes en esta pérdida pues, escasamente, a la hora de materializar proyectos, se piensa en otras cuestiones más allá de las económicas o de interés propio.

Bien podría pensarse que determinados responsables, durante estos últimos años, han tenido una fijación enfermiza en destruir valores y tratar de borrar memorias y tradiciones. Identidades al fin.

Si a todo esto añadimos que nos hemos convertido en una sociedad manipulable, acostumbrada ya a que todo nos lo den hecho y a depender, pues la cuestión no requiere de esfuerzos en buscar más razonamientos.

En nuestros tiempos hemos pasado por diferentes cambios culturales, pero esto no debe ser la razón de la pérdida de una identidad, de unas tradiciones originarias como conjunto de costumbres, de estilos o de visión de la vida.

Una identidad y unas tradiciones peculiares de un pueblo, no deben llevarnos nunca a renunciar a nada, pero sí deben tener el suficiente peso como para obligarnos a saber conjugar pasado, presente y futuro.

Eso no lo hemos aprendido en muchos pueblos. Es una pena. Quizá algún día se intente recuperar pero, entonces, ya será tarde.

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