Aldeanas suspendidas en el aire

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Aldeanas suspendidas en el aire

Desde primeros de julio no parábamos de preguntar a nuestra abuela cuándo podíamos sacar los trajes de aldeana. ¡¡¡Por fin, un día se abrían los baúles!!! El olor a naftalina inundaba las habitaciones, poco a poco iban sacando los trajes pieza a pieza, con extremo cuidado, casi una ceremonia más. El marrón, el avellana, el granate, el verde, colores que eran como ritos de paso en nuestra vida. Mientras nuestras madres subían o bajaban lorzas en las faldas, nuestro objetivo era llegar a ponernos el negro o el gris, pero para eso deberían pasar unos años. Según habíamos crecido, cambiábamos el color. Ahora añoramos aquellos otros colores…

Enaguas, justillos, blusas, solitarias, faldas, chaquetillas, mandiles y medias se desparramaban por la barandilla de “arriba del todo”. De ahí pasaban al planchador, donde las primorosas manos de Consuelo y Vicenta encañonaban los encajes, pasaban las cintas de colores, repasaban los terciopelos y planchaban soberbiamente las piezas. Algo que tenía su mérito, ya que ambas eran de san Roque, pero se mostraban orgullosas de que “sus crías” fueran las mejores aldeanas. Después, cada traje en su percha de palo, se colgaba en unos ganchos del techo, ex profeso para los vestidos. Eran como aldeanas suspendidas en el aire, hasta que el 21 de julio ponían pie a tierra.

La otra parte de la vestimenta, era “recuperar” las panderetas, que con el pretexto de “ensayar” los cantares pedíamos sin cesar. Éstas, se hallaban a buen recaudo en un armario. Un armario enorme lleno de panderetas, en el que un día anidó una lechuza, que cantaba por las noches sin dejarnos dormir. Guardadas bajo llave, pues dejar esas “armas” en manos de un niño era algo que podía desestabilizar al espíritu más tranquilo. Sólo obteníamos el permiso un par de días antes de La Hoguera y así, con la paciencia y el fervor “madalenudo” de mi madre, nos ponía a repasar los cantares. Entonces no había ensayos generales, trasmitir los cantares era una labor de padres a hijos, una etapa más de nuestra educación y una etapa divertida.

Aunque pueda parecer extraño, los collares ya nos importaban menos. Sólo los veíamos el mismo día de vestirnos. De todos ellos, lo que más nos gustaba era la cinta de terciopelo negro y el camafeo, que una vez pasada La Magdalena queríamos seguir poniéndonos, cosa que a lo sumo lográbamos un día más. Después de nuevo a su refugio dentro de una cajita de tela, para el próximo año. Gracias a eso, aún los conservamos.

Hacia el día 20, llegaba la Hoguera a casa. Verla en la verja era un acontecimiento. Cuando la dejaban en el suelo – delante de la “cueva del dragón”- contábamos cuántos pies tenía (como si recordásemos los pies del año anterior…) y discutíamos si era mayor o más pequeña. La disputa duraba poco, pues enseguida nos llamaban al orden, no fuera a ser que en el “fragor de la batalla”, nos diera por pelar las ramas y dejásemos la Hoguera como un mástil. En estos casos siempre es mejor la prevención que la lamentación…

Recuerdo las lágrimas de mi abuelo al verme bailar el Pericote, era la primer nieta- y la última- que lo bailó. Unas lágrimas profundas, sin aspavientos, sin poder contenerlas debido a su edad, pues casi estoy segura que de haber sido más joven, esas lágrimas las hubiese contenido. Él era un ejemplo de “llanisquismo”, ese amor a la tierra nos lo enseñó él, llanisco de nacimiento y de sentimiento, que no es lo mismo. Lo importante no es nacer en un sitio determinado, si no sentirlo. Y a eso, nos enseñó mi abuelo.

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