Rincones secretos XXI: Segunda parte

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1991

La semana pasada hablamos de la senda de Frassinelli, describimos la Vega, los Picos que la rodean, la flora y la fauna y nos preguntamos por qué está dedicada a este extranjero que vivió a finales del siglo XIX en nuestra región.

Investigando, encontramos una joya bibliográfica: «Roberto Frassinelli, el alemán de Corao. Asturias 1845-1887», de Mari Cruz Morales Saro con fotos de Ana Muller y editado por Silverio Cañada en 1987. De este libro tomamos datos para hacer una pequeña reseña de quien fue el hombre que da nombre a esta senda.

Robert Bartholomaus Carl Frassinelli nació el 23 de mayo de 1813 en Ludwisgburg, al sur de Alemania. Su familia trabajaba para el duque de Würtenberg, lo que hizo posible que Frassinelli recibiese una educación universitaria en Tübingen. Allí estudió Química, Anatomía, Zoología, Botánica, Fisiología y Cirugía. También era muy importante el estudio de las lenguas clásicas.

En la Universidad, perteneció a una sociedad medio clandestina con ideas como el patriotismo, el liberalismo, la democracia y la unidad nacional. En una insurrección ocurrida en 1836 se le acusó de «participación distante en la tentativa de una revuelta que amenazaba la autonomía del Estado» y fue arrestado.

Los años siguientes fueron confusos. Se sabe que en 1844 estuvo en Asturias. Más tarde vivió en Madrid, viajó para visitar iglesias medievales y bibliotecas y para asistir a subastas de monasterios desamortizados. Entró en contacto con la familia del librero Antonio Miyar Otero, de Corao, y se enamoró de su hija Ramona Dominga Díaz, con la que se casó en 1854.

Y así, por amor, fue como el alemán acabó recluyéndose en Corao, en aquella región de la que decían que era de las «más accidentadas y más salvajes de España». Aquí pasaría más de 30 años un hombre que había recibido una esmerada educación en una de las más prestigiosas universidades europeas, que había viajado y que era un entendido en arte.

Desde Corao desarrolló sus aficiones arqueológicas y participó en el descubrimiento del dolmen de Abamia. Con el Obispo Sanz y Forés empezó su colaboración en los trabajos de Covadonga. En 1874 se hizo el Camarín de la Virgen en la Cueva, una especie de miniatura de un edificio medieval. También colaboró en el diseño de la Basílica, hasta que el Obispo fue trasladado y se hizo cargo de la obra el arquitecto Aparici. A partir de ese momento, Frassinelli cayó en el olvido y los medios oficiales no le volvieron a nombrar hasta pasados 100 años.

Murió en Corao en 1887 y le enterraron en el cementerio de Abamia. Con los años y una vez que se hacen las obras de recuperación de la Iglesia de Santa Eulalia de Abamia sus restos fueron trasladados a la Iglesia.

De su otra pasión que fueron la montaña, los Picos y los Lagos voy a dejar que sean las palabras que le dedicó su amigo Alejandro Pidal y Mon las que nos lo retraten:

 «(…) subí con él a las enriscadas majadas de Ario, le acompañé en la peligrosa ascensión de Peña Santa, descendimos juntos a los abismos por donde corre el espumoso Cares, le vi atravesar impávido los ventisqueros, erguirse sereno sobre los imponentes argayos, arrastrarse tranquilo por las verticales pendientes de las simas, agarrándose a las rugosidades de las peñas, a la grama que entre sus grietas reverdece, a la endurecida nieve petrificada en las umbrías por la indefinida acción del tiempo y del frío. (…) Fue en resumen un enamorado de la grandiosa naturaleza asturiana, renunció a todas las ventajas de la vida para sumir su alma en la contemplación de aquellas bellezas sublimes, que sólo se pueden comprender en todo el encanto de sus misterios internándose y como perdiéndose allá en los laberintos sin término de aquellas torres de piedra, de aquellos bosques impenetrables, de aquellos lagos solitarios, de aquellas cuevas gigantescas que pueblan aquella región inaccesible a todo ánimo temeroso, a toda planta insegura, a todo espíritu, en fin, menos tocado del amor irresistible a lo infinito que embargaba al ilustre alemán que acaba de bajar al sepulcro».

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