Rincones secretos XXVII

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El anterior Rincones nos dejaba en la Collada de Traslafuente (1.090 metros), contemplando las tierras de Ponga, de Casu y los Picos.

Volvemos de nuevo a recorrer este camino, con la diferencia de que hasta la majada de Cureño se ha construido una pista ancha, supongo que sus razones tendrían, pero es una lástima que el pequeño sendero por el bosque haya desaparecido. De todas formas nos ofrece la vista de setas variadas bien acompañadas y flores otoñales.

Una vez en Traslafuente, buscamos las marcas pintadas que nos indican el camino hacia el Vízcares, dirección norte. Se gana altura poco a poco, hay un pequeño bosque de fayas, espinos y texos que apetece explorar pero hay que seguir hacia arriba hacia la cresta que vemos por encima. Pasamos una zona de caliza y bosque bajo, fácil de caminar. Hay varios picos (picu la Verdad y picu el Cabezu) que no nos dejan ver el objetivo, tenemos que ir superándolos y de pronto vemos la cima con el índice geodésico que nos indica nuestra meta, pero todavía nos queda bajar una pequeña depresión antes de comenzar la subida final.

El arcoiris nos animó con una luz hermosísima y en la cumbre (1.420 metros) nos quedamos sin palabras. Desde allí nos damos cuenta de la cantidad de montañas que nos rodean, montañas con bosques extensos, foces como la de Moñacos que vemos por debajo nuestro, el Sueve que parece un barco inmenso anclado en medio del paisaje. Y esta vez, los Picos de Cornión se muestran esquivos y se quedan escondidos tras un mar de nubes. Pero vemos hacia el oriente la Sierra del Cuera, con el Turbina. Y el Picu Pierzu y la Mota Cetín. Les Ubiñes, el Aramo y Peñamayor. Y tantos y tantos de los que desconocemos sus nombres, pero que nos quedarán grabados en la retina como exponentes de este pequeño rincón de nuestra tierra.

Y como colofón, las palabras del piloñés José Ramón Lueje, montañero y fotógrafo entre otras muchas cosas, que decía de Piloña: «…Riscos y alegres pueblos salpican su orografía, que no es sólo ribera y valle sino también montaña grande y verdecida, como nuestro Vízcares que configura junto con otras montañas, el decorado inimaginable del paisaje astur».

 

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