Peregrino al revés

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Estamos en el Camino. Casi todo el año nos cruzamos con hombres y mujeres mochilas al hombro que van a su ritmo hacia Santiago.

No sabemos quienes son ni de dónde vienen, de vez en cuando preguntan por el albergue o por una tienda para comprar pan. Siempre les pregunto de dónde vienen y a veces te llevas sorpresas, conocí a una chica de Finlandia, a un coreano muy ceremonioso, a un japonés que decía que se llamaba Hugo para no tener problemas con su nombre, un italiano simpatiquísimo, alemanes que no hablaban ni inglés y a una chica alemana que lo hablaba perfectamente. Se forman parejas como el argentino y la de Colorado; como el de Pamplona y la china… En fin, es un desfile de nacionalidades y de personalidades de lo más variado.

Esta semana conocí a un francés, vive en Normandía, pero deja claro que es Bretón; que hacía algo insólito o por lo menos poco frecuente. Salió de Muxía y se dirige a Estocolmo, a Uppsala, donde reposan los restos de Santa Brígida, patrona de Suecia. Lleva recorridos 15.000 kilómetros de caminos culturales europeos, inscritos en el patrimonio mundial de la Unesco. Llevará las arenas que recogió en Muxía y si encuentra playas especiales que le digan algo también recogerá esas arenas. Lo hizo en Gulpiyuri, quedó hechizado por esa playa sin mar. Las lleva en un cubo que le dio el astronauta Jean-FranÇois Clervoy.

Jean- FranÇois Aillet es un peregrino diferente, dice que es un artista y pretende unir las arenas de Europa.

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