Senda del Cares, Garganta Divina

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Hoy caminaremos hacia un rincón de sobra conocido por los que aman la montaña y por los que simplemente han oído tantas cosas que se deciden a comprobar por ellos mismos si merece la pena.

Es la Ruta o Senda del Cares, la Garganta Divina, mitificada por todos los que la visitaron y quedaron subyugados por su belleza salvaje. Miles de palabras para describir las sensaciones, los pensamientos que surgen cuando vas por una senda colgada literalmente del abismo, en los paredones de caliza que se desploman desde los casi 2.000 metros hasta las aguas verdes del Cares.

Por la intensa afluencia de visitantes que tiene cada año no debería entrar en la categoría de «rincones secretos» de nuestra comarca, pero en cada nueva visita se descubren nuevos detalles y parece que es la primera vez que se pisan sus rocas. Por eso hemos decidido traerla a esta sección.

Hace años que se abrió una carretera desde Posada de Valdeón (León) hasta Caín. Se puede empezar en este pueblo o también llegar hasta Poncebos (Cabrales) e iniciarla ahí. Se deja el coche en el aparcamiento del funicular a Bulnes y se coge la senda, ida y vuelta son casi 30 kms. Empieza subiendo poco a poco hasta el alto que se llama Los Collaos, están a 500m. y desde aquí la senda es prácticamente llana. Pasamos por una zona de casas derruidas de la época en que se construyó el canal y no dejamos de extasiarnos con los paredones verticales, con los picos que aparecen en cada revuelta que vamos dando y -si no tenemos vértigo- nos asomaremos con muchísima prudencia a ver el río encajonado allá abajo.

Atravesamos puentes y finalmente una serie de túneles que nos dejarán en Caín (480m). Es una pequeña aldea rodeada de Picos como La Robliza (2.245m) o el Jultayu (1.935m)que son como blancos gigantes que la custodian. Hoy es una aldea con casas bien cuidadas con bares y hostales que viven del turismo que llega por miles durante todo el año. Si de verdad se quiere disfrutar es recomendable ir en los meses en los que el turismo baja, un día soleado pero sin mucho calor.

Hace tiempo, a finales del siglo XIX y principios del XX, un francés, el Conde de Saint-Saud escribió el libro «Por los Picos de Europa» (1881-1924), de Ayalga Ediciones, en el que nos cuenta la impresión que le causó acercarse a Caín.

Estas son sus palabras: «En Caín todo termina, y la impenetrable garganta comienza. A veces a los que el peligro no asusta, o buscan sensaciones emocionantes, han seguido o siguen aún los cursos del torrente misterioso donde, más abajo, se ha trabajado en una toma de agua. El trazado del pequeño sendero se eleva a veces más de 100m por encima del agua. Se utiliza la cuerda, salientes de madera para pies y manos fijados en la roca. Los accidentes mortales son tan frecuentes que dicen que ‘las gentes de Caín no mueren en la cama, sino despeñados'».

El Conde describió Caín como «el más miserable de los pueblos de los Picos de Europa, tan perdido, tan encajonado como está en las montañas que se elevan a más de 2.000 metros por encima de los tejados de piedra de sus casas. Casas pequeñas, oscuras, ennegrecidas interiormente por el humo y oliendo a éste. Las calles trepan entre huertas enmarañadas y son tortuosas, llenas de barro y de charcos, con montones de abono a ambos lados.»

Ha pasado más de un siglo y las cosas ciertamente han mejorado un montón. Merece la pena ir a comprobarlo.

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