Boquerizo

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No sé la razón concreta por la que, camino a la Borbolla, nos detuvimos en Boquerizo. Tal vez nos llamó la atención su luz, al estar iluminado casi desde abajo, debido a la perdida de altura del sol en los días de finales de año, o las vacas pastando tan ricamente; quizá la actividad que se adivinaba en los establos de las plantas bajas de sus diseminadas construcciones de piedra techadas con teja, o el hogareño humo que salía de sus chimeneas.

Fuera por lo que fuera, nada más poner los pies en ese pueblo, principalmente ganadero, a la entrada del llamado Valle Oscuro, tuve la sensación de que todo el mundo estaba haciendo algo, trabajando en las cuadras abiertas de par en par, laborando con los tractores, limpiando la broza de las pendientes.

Sin mediar palabra, tomamos una calle cuesta arriba que lleva a la Iglesia, luego supe que está bajo la advocación de San Juan Evangelista y que data del siglo XVIII. Una vez en el alto, y tras recuperar el resuello, se me fueron los ojos a un mar de prados que tenían el verde más puro, brillante y hermoso que he visto en mi vida. Recuerdo que pensé que de aquel color de la hierba eran tan responsables la tierra y el cielo como el hombre. Luego, mientras mi marido hacía fotografías al valle, a los caseríos, a los dorados castaños, me acerqué al umbral de la puerta de la Iglesia. Inmediatamente, una señora, a la que se le filtraba la hospitalidad en la mirada y en los movimientos, me indicó que entrara y me contó que estaban poniendo el Nacimiento. Entonces, me fijé que había varias personas afanándose en limpiar, colocar mesas y traer grandes cajas, donde presumí que guardarían todo lo necesario para montar un maravilloso Belén. En aquel momento, solo estaba a la vista una espectacular cueva, Mercedes- que así se llama la acogedora borquerizana-me explicó que era la raíz de un castaño. Seguidamente,me enseñó una preciosa tela azul constelada de estrellas que simularía el cielo. Estuve a punto de preguntar si podía echarles una mano. También, me participó que el sábado siguiente celebrarían la fiesta de “Sanjuanucu”, en la que se oficia misa solemne, se sale en procesión y no falta la ofrenda del ramu, que en lugar de roscos de pan, porta roscones de Reyes. Es más, la amable señora insistió en invitarnos a asistir. Lástima que nos fuera imposible.

Después, siguiendo su consejo subimos hasta el cementerio, y allí nos maravillamos de que se viera el mar, de que se divisara la playa de la Franca.

A la vuelta, creí escuchar a un pájaro carpintero tamborileando un árbol, y en aquel entorno me fue fácil imaginarlo con su plumaje multicolor.

Tras aquella visita a Boquerizo, vengo pensando que la denominación de Valle Oscuro es, a todas luces, inapropiada, por mucho que antes estuviera “cerrau de bosques”.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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