Santu Medé

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Desde que tengo memoria conocía, por ser mi abuelo materno de Calahorra, que San Emeterio y San Celedonio habían nacido en esa ciudad riojana y que fueron decapitados a la orilla del río Cidacos, afluente del Ebro. Asimismo, sabía que son patronos de Santander, pero de lo que no tenía idea es de la razón por la cual la capital cántabra está también bajo la protección de los mártires calagurritanos. Fue, hace unos días, al escuchar una leyenda cuando até cabos y descubrí esa coincidencia de patronos. Cuentan que tras la muerte de San Emeterio y San Celedonio, los ángeles tomaron sus cabezas y las colocaron en un navío de piedra al que milagrosamente guiaron hasta la costa de Pimiango. Además, dicen que el peñasco labrado por las olas, al que llaman castro de la Jorocuca, es aquella barca. Más tarde, los clérigos del vecino Portus Victoriae, después Santander, reclamaron las reliquias para protegerlas de la invasión romana, y de ahí que las testas de los santos reposen en Cantabria. Ni que decir tiene que esa narración popular, adornada con elementos fantásticos y maravillosos, hizo que me faltará tiempo para ir a visitar el templo que los vecinos de Pimiango dedicaron al santo que les convoca cada primer domingo de marzo. Así que, a finales de noviembre, fijado ya el letrero de casi invierno, me encaminé, entre encinas de copas redondeadas, troncos retorcidos, casi negros, y acantilados precipitados al mar, a la ermita de San Emeterio.

Llegado a este punto debo recoger que data del siglo XVI, es de nave única, cabecera cuadrada, tiene adosado un pórtico al norte, una estancia para peregrinos a sus pies y la corona una espadaña de un solo hueco. Pero lo que de verdad quiero expresar, el motivo principal que me trajo a escribir estas líneas, es que me sentí conmovida ante su sencillez, su recogida belleza en armonía con la naturaleza y su pureza de siglos. Allí te das cuenta de que hay tiempo para la calma y para el silencio, que solo rompe el eco del sonido del mar y el crujido de las bellotas de las encinas al caer. Después, los ojos y los pasos me llevaron con sigilo-tuve la sensación de estar perturbando el lugar- a una fuente, cuya agua cura los males de los huesos, y a un humilladero, una suerte de romántica capillina que guarda una reproducción en cerámica de la antigua imagen del santo.

No les he contado que en Santander dicen que las reliquias de los hermanos santos desembarcaron directamente en su tierra. Yo estoy convencida de que llegaron primero a Pimiango. ¿En qué me baso?. Es sencillo, porque en esa parroquia de Ribadedeva se le da a San Emeterio un nombre familiar, de andar por casa: Santu Medé.

Maiche Perela Beaumont

Dibujo: Juan Llamas

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