Contra el olvido

0
1940

En Enero de 1939, cuatrocientas mil personas españolas invadíamos las carreteras y caminos que nos conducían a las fronteras francesas.

Huíamos de la guerra y el horror que nos perseguía.

Entre Barcelona y el Pertus, la aviación italiana descargaba sus bombas sin reparo y a continuación ametrallaba a baja altitud a la gente que corríamos por los campos.

Cerca de nosotros se encontraba un miliciano con un brazo herido. Gritaba: «¡A tierra!» a cada pasada de la aviación.

Durante nuestro trayecto encontramos carros destrozados, mulos muertos, automóviles calcinados….Las hogueras abundaban rodeadas de personas, la mayoría mujeres y niños. El frío también estaba contra nosotros.

Los que logramos llegar al Pertus nos encontramos con una marea humana. La gente agachada sobre la nieve. Nuestra madre seguía el ejemplo, rodeada de sus cuatro hijos de corta edad, el más joven tenía dos meses y medio.

A lo largo de varios días y noches, la lluvia intensa y helada nos convirtió en carámbanos.

El 27 de Enero de 1939 las autoridades francesas permitieron la entrada en Francia a los muchos heridos y a las mujeres y niños.

A nuestra madre, mis hermanos y a mi nos llevo una pequeña camioneta hasta la estación del ferrocarril de Perpignan para viajar en dirección de Saint Etienne de Chomey , departamento de l’ Auvergne.

A nuestra llegada un señor nos esperaba para llevarnos con su automóvil hasta el albergue de monsieur et madame Lepetit.

La dueña, muy precavida, había previsto un gran fuego de leña en su antigua chimenea al ras del suelo. Muy atenta nos tendió una taza de caldo caliente y a continuación nos ayudo a secar nuestra ropa que permanecían todavía mojadas, no teníamos otra de recambio.

Los días que siguieron empezamos a recapacitar… pensábamos en todas las personas que quedaban en España y en nuestro padre que, a nuestra salida de Saint Celoni, se encontraba en la sangrienta batalla del Ebro.

Todas las semanas yo acompañaba a mi madre hasta la ciudad de Saint Etienne de Chomey para consultar a las autoridades y las listas de los republicanos españoles detenidos en los campos de concentración franceses. El nombre de nuestro padre no aparecía. La respuesta era siempre la misma: «¡Hay que esperar!».

Durante los cinco kilómetros de regreso caminando, mamá lloraba, yo tenía nueve años y no encontraba las palabras adecuadas para consolarla.

Después de muchas idas y venidas, en el mes de junio de 1939 recibimos la inmensa alegría de conocer que papá vivía y que se encontraba en uno de los campos franceses cerca de Perpignan. El militar francés que nos recibió, añadió: «Su marido ha cogido el último tren».

En todo caso, nosotros recuperábamos el ánimo y la ilusión de reunirnos un día con nuestro padre en Francia.

Yo ayudaba al dueño del albergue en su ganadería y en su cantera rompíamos la piedra a la dimensión de un puño, este material lo utilizaban para calzar las carreteras del departamento.

Después del trabajo cotidiano, instalados en el albergue, el dueño tomaba un ‘pernod’ y a mí me daba una granadina al mismo tiempo que me contaba sus proezas de artillero durante la guerra de 1914 a 1918 contra Alemania.

Todo esto se terminó el 3 de septiembre de 1939, con el comienzo de la guerra de Francia contra Alemania e Italia.

Las esposas y los hijos de los republicanos fuimos expulsados de Francia a España. Viajamos en vagones de mercancías cerrados completamente del exterior.

Los hombres republicanos españoles detenidos en los campos de concentración franceses pasaron el invierno de 1939 a la intemperie. Hacían agujeros en la arena frente al mar para protegerse de la tramontana y del mistral.

Catorce mil perdieron la vida a causa del hambre, del frío y de diversas enfermedades a pesar de su relativa joven edad.

Los supervivientes fueron utilizados en toda clase de trabajos según la necesidad del momento, en grupos de cuarenta hombres sobre buena vigilancia: salían y entraban en el campo.

Mi padre trabajó como mecánico de maquinaria pesada, como locomotivas a vapor en el departamento del Cantal, lugar de su liberación el 6 de Junio de 1945. Cuando Francia estaba ocupada por Alemania, doce mil republicanos fueron trasladados de los campos franceses a los de exterminio alemanes (Mauthausen, y otros). A la llegada un oficial alemán superior, desde su altura, les decía:»¡Habeis entrado por la puerta, y saldréis por la chimenea!».

Los republicanos de la mano de obra extranjera, en colaboración con los franceses, formaron los grupos de Guerrilleros. Muchos murieron en combate o bajo las torturas de la Gestapo. Otros republicanos se alistaron a la Legión francesa, o bien a la división del general Leclerc: se distinguieron en Narvik en Noruega y a lo largo de la guerra hasta la liberación de Paris. Estos hombres tenían la experiencia de haber combatido en España los mismos ejércitos alemanes e italianos entre 1936 y 1939.

Conclusión: Los republicanos españoles han escrito su Historia en España luchando por la Democracia contra los ejércitos alemanes e italianos principalmente, en los campos de concentración franceses, en los campos de exterminio alemanes en calidad de apátridas para satisfacer la voluntad de Franco, en los grupos de mano de obra extranjera en Francia, en el maquis francés para liberar Francia, en los batallones de trabajos forzosos en España (Valle de los Caídos) en las cárceles franquistas, en las torturas, en los fusilamientos en masa al alba…

Llegamos a la victoria de los aliados contra el fascismo y el nazismo en 1945 y a la exclusión de los republicanos españoles a pesar de que hayan combatido al enemigo común tres años más que nadie.

Los republicanos españoles figurarán en la historia como héroes y como mártires.

José Luis García Sánchez

Dejar respuesta