Santa Olaya en Villahormes

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2019

En Villahormes, una vez que se deja atrás el Palacio de la Espriella, hacia el este se va dibujando sobre el verde de los pastizales y el azul del mar la figura de una ermita solitaria blanca y roja, de formas sencillas y abierta a todos los vientos. Se trata de la ermita de Santa Eulalia o Santa Olaya. Mientras me fijaba en su espadaña que prolonga el muro norte, me dio la sensación de que le faltaba algo, seguidamente me vino a la cabeza que desconocía la razón por la que tantas ermitas, iglesias y parroquias de Asturias están bajo la advocación de la mártir de Mérida; siendo también numerosos los lugares, caseríos, pueblos y hasta concejos que llevan su nombre. En un santiamén, me enteré de que, según la tradición, la relación de la santa con nuestro Principado, de cuya capital es patrona, comienza en el siglo VIII, cuando el Rey Silo trajo sus reliquias a la corte de Santianes, en Pravia, tras ser rescatadas de manos de los árabes, siendo posteriormente trasladadas a Oviedo por el rey Alfonso II El Casto, donde continúan custodiadas en una urna de plata depositada en una capilla de la Catedral.

De pronto, me olvidé de las incursiones de los guerreros astures, a donde se me había ido el pensamiento, y me di cuenta de que lo que echaba de menos en la aislada, pequeña y preciosa ermita eran árboles a su lado, no solo como ornamentación sino para que la protegieran de las inclemencias atmosféricas y dieran sombra el día de la fiesta. Lo que no faltaba en las cercanías eran vacas de pelaje caoba y mirada apacible que, junto a sus rollizos xatines de hocico, ojeras y borlón de la cola color pizarra, pastaban plácidamente. Siempre que me encuentro con ejemplares de Asturiana de los Valles y de Montaña, me alegro de que se haya puesto freno a la penetración de razas foráneas, decantándose por la autóctona, totalmente adaptada, desde tiempos ancestrales, a nuestros terrenos accidentados y temperaturas extremas. Además de cumplir con la misión de conservar el medio natural y el paisaje.

Inmediatamente, pues la tarde se nos echaba encima, tomamos el sendero que a la izquierda lleva a la playa de la Huelga, angosto arenal que se extiende a lo largo de los últimos metros de la desembocadura del río San Cecilio; y que a la derecha guía al acantilado desde el que se puede contemplar el Castro de las Gaviotas, una suerte de coloso de roca que con marea alta parece boyar sobre el mar y que cuesta creer que se trate de un fenómeno natural.

Volvimos por donde habíamos ido, y reparé en que me quedaba por saber que intercesión divina se le asigna a Santa Olaya. De nuevo “tiré de Google” en el móvil, y averigüe que la creencia popular le atribuye una intervención milagrosa para que la lluvia riegue puntualmente los campos. Así sea.

Maiche Perela Beaumont

Dibujo: Juan Llamas

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