Pie de la Sierra

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El sábado pasado, volvimos a la Sierra Plana de la Borbolla, esa rasa tan peculiar que, limitada por los ríos Purón y Cabra, se extiende paralela al mar Cantábrico y al Cuera. Nuestros pasos, que no se dirigían a ningún lugar determinado, nos llevaron a su vertiente meridional, justamente donde se asienta Pie de la Sierra.

Nada más llegar a ese pueblo, con un nombre tan descriptivo de su situación, que junto a Santa Eulalia forman la parroquia de Carranzo, me llamaron la atención los colores y el silencio, solo interrumpido por los cencerros de las vacas, ovejas y cabras, que estando a lo suyo, que es pastar, levantaban la cabeza al acercarnos; y es que en Pie de la Sierra, como en todos los pueblos del singular Valle Oscuro, de donde no apetece moverse, la luz parece flotar en el aire y sigue teniendo un semblante rural con las fuentes de piedra, el lavadero y el potro de herrar, artilugio para sujetar caballos, burros y vacas que facilita el herraje y la cura. Seguidamente, no pude dejar de mirar los naranjos repletos de frutos y los inclinados tejados de las casas y cuadras, figurándome que en ellos la lluvia se deslizaría como en un tobogán, además de resistir mejor a los vientos. Después, entre tojos florecidos, helechos y eucaliptos, subimos a una ermita que, recostada en una loma, parece velar por el pueblo. Esta capilla, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, perfectamente cuidada, casi mimada, es consecuencia de una promesa. Al parecer, y escribo de oído, hace años, un niño que iba a un partido de fútbol se equivocó de camino, y se perdió. Su padre se comprometió a alzar un templo si su hijo aparecía sano y salvo. A los dos días de la desaparición, una vecina escuchó llorar a un pequeño entre unos matorrales, que crecían donde hoy, gracias al cumplidor padre, rinden culto a su patrona.

Al empezar a bajar, me di cuenta de que los taludes del camino de la capilla estaban constelados de prímulas, esas flores amarillas, que llaman primaveras por ser consideradas el preámbulo de esa estación. Entonces, reparé que también son amarillas otras flores que anuncian el final del invierno, como las del tojo, los dientes de león, los narcisos y las mimosas. Es más, hasta son amarillas las mariposas limoneras, las cleopatras, que son las primeras lepidópteras en abandonar la hojarasca donde hibernan.

De regreso a casa, estuve dando vueltas a la razón de la proliferación de amarillos, desde pálidos a encendidos, en esta época del año, hasta que al pasar por el barrio El Prau, de la Borbolla, vi como unos preciosos almendros en alineación salpicaban sus ramas de flores con pétalos de color blanco puro y rosa rojizo.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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