El Allende

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El Allende es un pueblo que tiene una parroquia, Vibaño, y un valle, Ardisana, abajo, a sus pies.

Para subir hay que cruzar un puente de piedra de tres arcos sobre el río Bedón, que mandó construir a sus expensas, en el año 1830, el cardenal Pedro Inguanzo Rivero, nacido en La Herrería, llamada así porque los monjes del monasterio de San Salvador de Celorio establecieron allí sus forjas; y luego tomar una pista enclavada entre prados, cerros y picos, y dejar atrás una diminuta, soleada y encalada capilla bajo la advocación de San Cosme y San Damián.

Al llegar a ese lugar, de nombre tan evocador, la vista se ensancha y como si se abriera una suerte de ventana gigante en el último piso de un rascacielos se muestran Los Picos de Europa azulados y blancos y, antes de ellos, se columbran Vibaño, Santoveña, Riosecu, Puente Nuevo, La Venta del Pobre, Riofrío, Los Callejos, Palaciu, Gomezán… ¡Los ojos no dan a basto y no les cabe tanta belleza!

Y si El Allende está aquende de la montaña, tampoco está allende del mar, que se divisa tras la espalda de Llanes.

Asimismo, el aire es muy puro, como atestiguan los líquenes en las cortezas de los árboles y en las piedras, huele a leña, a eucalipto y a miel, se oyen claramente los cánticos de los pájaros, y siendo casi primavera todo tenía la apariencia de estar a punto de brotar, desde las ramas de los avellanos hasta las violetas entre las hiedras.

Además, los vecinos de El Allende causan muy grata impresión, conversan animadamente y parecen propensos a emplear dichos graciosos, como un agradable señor, de apenas 84 años, que vive en una casa con un precioso corredor de madera orientado al sur, que dijo: “desde aquí al cielo”, y cuando nos íbamos nos quiso invitar, junto a una prima suya de Sotondrio, que estaba de visita, a un culín de sidra; y la dicharachera Maribel, que reside con su hermano y varios gatos, y que, entre otras cosas, nos comentó que echaba mucho en falta “El Oriente de Asturias”.

No apetecía moverse de allí, y al venirme a la cabeza un libro de Thomas Mann, que se llama igual que una casa rural ubicada muy cerca: “la Montaña Mágica”, pensé que no me importaría, aunque por motivos distintos a los del protagonista de la novela, disfrutar de una estancia larga en El Allende, dedicándome a una perezosa contemplación y a olvidarme de todo lo de abajo.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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