Las cabañas sólo son para el ganado

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Las cabañas de las diferentes majadas del territorio cabraliego no son propiedad de quienes las levantaron. No, al menos, si no registraron su propiedad de forma oficial. Porque la propiedad oficiosa, no sirve para nada. Le ha sucedido a una familia de Sotres, que ha visto cómo el Gobierno regional ha precintado la cabaña propiedad de sus «abuelos, bisabuelos y tatarabuelos». Fue levantada en terreno comunal, público, hace «cientos» de años y «no tenemos documentos que acredite» que, efectivamente, es una propiedad privada. Ahora, a falta de una actividad ganadera entre los descendientes de aquellos que la han construido y utilizado hasta ahora, el cierre de la cabaña es la solución contemplada por el Ejecutivo hasta que un pastor necesite usar el inmueble de piedra situado en la montaña cabraliega.

«Así funciona», lamentan desde esta familia cuya actividad principal es la turística. «¿Y qué pasa si el día de mañana queremos dedicarnos a la ganadería y la concesión de nuestra cabaña se ha hecho a un pastor?» ajeno a la familia. Pues tendrán que esperar a que el citado pastor cese su actividad para poder utilizar «lo que es nuestro».

Cuenta Paulino Díaz que «las cabañas de las Vegas de Sotres, como las de otras mayadas del concejo de Cabrales, no tienen dueño». Al menos eso es lo que contempla «alguna ley o norma de Principado» (la Ley de Montes, concretamente). «Esta cabaña, precintada, solo puede ser dada en uso algun pastor», reitera. Pero, pregunta «¿dónde están los pastores?»

Fueron ellos quienes la edificaron después de «pedir permiso a la Junta Vecinal de Arenas, que otorgaba permiso de edificación una vez oído el «conceyu públicu» o asamblea de vecinos». Así lo recogen «los archivos de la Parroquia Rural Santa María de Llas» donde se matiza que «durante siglos fueron disfrutadas pacíficamente por aquellos que las levantaron y por sus descendientes. Las habitaron, en ellas vivieron, riñeron y amaron, acaso alguno de sus hijos nació allí y las mantuvieron en pie, con mucho sacrificio, hasta el día de hoy», relata.

«Otras muchas cabañas eran edificadas según una norma no escrita, de acuerdo con la cual toda cabaña que se edificaba de noche, se entiende en una noche, adquiría la condición de «legal» si al amanecer estaba techada. Eran las normas y las leyes sagradas de un pueblo de pastores que eran dueños de su territorio. Lo administraron sabiamente durante siglos», aunque todo haya cambiado ahora, en este tiempo en donde es necesario probarlo todo, en donde la palabra, e incluso los legados transmitidos oralmente, no sirven de nada oficialmente.

Por eso, «hoy sus descendientes no tienen ningún derecho sobre ellas, se les enajenan y precintan. Dentro de unos años, no muchos, caerán, se convertirán en «casares», que es como denominamos en Cabrales a las ruinas de las edificaciones», lamenta Díaz, apoyado por quien lo lee.

«Las majadas de Cabrales, sus cabañas, levantadas en terreno común serán pronto un recuerdo, una ruina, y el testimonio de lo absurdo de unas leyes que deberían velar por el mantenimiento de estos tesoros etnogáficos. Pero no es así. Y como muestra de ello nada mejor que estas fotos como testimonio de una barbaridad legal», dice refiriéndose a la cabaña de esta familia cabraliega. «Esto pasa a todos, pero nosotros hemos sacado fotos y las hemos hecho públicas», señalan.


«Que se apresuren a hacerles fotos, antes de que caigan. Así podrán crear, cuando sea, un aula didáctica de las majadas de los Picos, que es lo que ahora se lleva», zanja Díaz.

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