Contra el olvido: Los perdedores

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En Septiembre de 1939 el principal puente de Nueva estaba en construcción. Los hombres que participaron habían sido requisados de los campos de concentración de la “zona nacional” y de los batallones franquistas de trabajo. Vestidos de soldados y en calidad de presos, vivían y dormían al lado de la obra en una antigua casona.

Todo el territorio español había sufrido los intensos bombardeos que hubo entre 1936 y 1939. Los montones de escombros abundaban y desfiguraban a España, empobrecida y triste.

Muchos niños asturianos, hambrientos, trabajamos duro en las tejeras como medio de subsistencia para ayudar a la familia. Año tras año, aprendimos el oficio.

Los pedidos de ladrillos eran siempre urgentes: tanto que los amos de las tejeras nos exigían sacar los materiales sin enfriar.

Llevabamos una carga de ladrillos en cada hombro. Teníamos las orejas quemadas y con postillas. Poníamos sacos empapados de agua en los hombros para evitar que nuestra ropa ardiera. Apesar de las precauciones, nuestro compañero Cesar el Ovellu de Piñeres, había sido ingresado en un hospital de León a causa de la gravedad de las quemaduras.

A los 16 años de edad, llegué con Bruno Sanchez Cueto de Piñeres, a la tejera de San Claudio, cerca de Oviedo. En este lugar, la cuadrilla era importante y el yacimiento de barro negro de excelente calidad también; una auténtica maravilla de la naturaleza para mis ojos. En esta tejera había trabajado mi tío el famoso tejero -“tamargu”- Antonio Sánchez Rosete (Castaxiara) de Nueva que fue un gran cocedor, entre otras cosas más.

A mí, otra vez, me tocaba repetir los mismos gestos ancestrales de todos mis predecesores. Antes de encender el horno, acaricié el mango de la pala especial del cocedor pensando en mi querido tío Antonio. Encendí el horno y ese día el humo subía en vertical como inconfundible seña de buen tiempo.

Durante tres noches sin dormir, tuve la companía de un cielo estrellado y de los diferentes colores de las llamas del carbón que me habían enseñado a distinguir en otras tejeras hombres muy sabios, grandes conocedores del oficio, y trabajadores excepcionales.

Mi condición fisica y mi edad juvenil me permitían disfrutar en mi tarea como un cisne en su estanque.

Al tercer día sin dormir, los vapores de las escorias incandescentes delante de mis narices me atolondraban: mordía mis labios para terminar de bajar el horno conforme al termino de la profesión. A continuación, tenía derecho a dormir medio día, algo que deseaba con ansias, tanto que los ruidos del entorno no me afectaban.

Llegó el momento de sacar del horno los materiales. Los ladrillos sonaban como cascabeles y aparecía una pequeña sonrisa de satisfacción en el rostro de mi amigo Bruno.

Bruno y yo ya nos conociamos de haber cocido juntos los materiales de la tejera de Mieres en dos enormes hornos.

Los tejeros asturianos no eramos cientificos, ni mucho menos, pero hemos tenido la satisfacción de haber participado con tanto esfuerzo en la reconstrucción de nuestro pais.

Me gustaría que estos escritos permitan a las nuevas generaciones recapacitar para que nunca olviden el interés general.

José Luis García Sánchez

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