Respetemos los árboles

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Me  encanta visitar Llanes en esta época del año, cuando la naturaleza se viste de gala y  muestra el alegre  y relajante colorido de su atuendo primaveral. En ningún otro lugar soy capaz de apreciar con tanta claridad y entusiasmo la belleza y el encanto de esta estación como en el entorno del municipio llanisco. No me refiero a la villa de Llanes, ni a Posada, Nueva o cualquier otro núcleo urbano del concejo, sino a sus alrededores.

Me gusta deambular por sendas sin asfaltar, percibir el olor a tierra y a flores silvestres, y contemplar el paso de aves de un lado a otro a lo largo de mi caminata. Realizo estos paseos  por sendas que culebrean a lo largo del trayecto y a cuyos lados sobresalen, entre paredes de piedra seca y matorral, multitud de flores, que se asoman coquetas a mi paso. Desconozco los nombres de muchas de ellas, pero son todas muy hermosas: hay celedonias amarillas y de cuatro pétalos, abundan ya los aros y comienza a asomar la hierba de San Juan con sus llamativos pétalos dorados.  Y es ahora, cuando dejo atrás esta belleza y me adentro en zona boscosa, cuando más disfruto, aunque también cuando más sufro, contemplando los hermosos ejemplares de árboles autóctonos. Hablo de sufrimiento porque veo cómo la acción humana es la causante del deterioro del arbolado de nuestro entorno. El fuego y la tala de todo tipo de especies arbóreas es algo habitual. Hasta tal punto es así, que difícil resulta, incluso en un corto recorrido, no encontrar restos de ejemplares autóctonos quemados o talados. A pesar del dolor que siento cuando veo un árbol sano y de buen porte abatido, intento no pensar en ello y recrearme en lo que tengo ante mis ojos.

Muchas especies de árboles son portadoras de recuerdos. La contemplación de un aliso trae a mi memoria el poema de Goethe “El rey de los alisos”, y la de un tilo me invita a recitar los versos de Heinrich Heine en el que manifiesta su deseo de que su última morada sea bajo los tilos del Rin.  Desgraciadamente, poca o ninguna importancia concedemos a estas especies y, por lo que observo, son víctimas del hacha del “talómano” de turno, sin tener en cuenta que ambas embellecen el entorno y nos hacen disfrutar con su presencia. Como decía, intento no pensar en esto y continúo la marcha.  El panorama que tengo ante mí es hermoso e invita a contemplar. Me detengo cada pocos metros y miro…, no me canso de mirar. A poca distancia de donde estoy había un pequeño bosque de robles, alisos y abedules, y en un extremo un enorme fresno que conocía desde hacía años; allí me dirijo. Ya no hay bosque ni fresno. En lugar de este último hay un tocón que muestra lo sano de su tronco. Es para llorar. El fresno ya fue mencionado en siglo XII en el “Cantar de los nibelungos”, cuando  los guerreros del héroe Sigfrido empleaban sus ramas como lanzas, una vez secas y afiladas. Pero no talaban el árbol. Es grande el respeto a esta especie en los países del norte de Europa; en sus mitos, el hombre nace del tronco de un fresno, y del de un olmo la mujer. Estoy hablando de lugares lejanos que, me temo, poco o nada dicen a la mayoría de la gente. Sin embargo, no es necesario salir de nuestro país para encontrarnos  con mitos parecidos: el Cid usaba una lanza  hecha de madera de fresno. Y no es poco importante el árbol en la mitología astur si tenemos en cuenta que sus personajes están vinculados de algún modo a árboles y bosques. Incluso, en danzas y canciones populares podemos comprobarlo. No conozco la letra de la mayoría de estas canciones, pero he visto bailar el corri-corri y escuchado la letra de acompañamiento. Los muchachos llevaban una rama de laurel y los cantores hacían mención a una “nozaleda” y a palos  de avellano y acebo.

Dicho esto, y dejando a un lado historia, mitos y leyendas, vayamos a lo que nos afecta a todos de manera muy directa. Los bosques, además de contribuir  a la preservación del paisaje, regular el clima y producir oxígeno, secuestran el CO2, lo que  a todos nos concierne por igual.  Y hemos de ser nosotros, pues nada cabe esperar de los políticos,  los ciudadanos de a pie, quienes debemos proteger y cuidar  nuestros árboles y bosques. Y ha de ser desde ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

                                                        José Manuel Carrera Elvira

 

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