La Galguera y Soberrón

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El último domingo de marzo, día en el que, aunque nos cambian la hora, todavía seguimos funcionando con el horario antiguo, estuvimos paseando por La Galguera y Soberrón. Esos dos pueblos, que siguen conservando aire de aldea y en los que se respira calma al recorrer los pequeños caminos que unen sus casas, comparten pico y capilla.El pico es el que los llaniscos conocemos como Castiellu, que se alza imponente al norte de la Muezca, la sierra que a la altura de Llanes, casi al borde del mar, le surge en paralelo al Cuera.

Refieren algunos historiadores que en el alto del Soberrón, en el siglo XII, existía un castillo roquero alrededor del cual las comarcas llaniscas, por entonces Aguilar, estaban organizadas. Asimismo, en torno al picu Castiellu se han tejido un sinfín de leyendas. Entre ellas, mi preferida es la que relata que está hueco por dentro y lo ocupa un palacio repleto de tesoros, habitado por una mora encantada, que espera ser liberada de un espantoso moro, armado con un sable curvado con doble filo en la punta, que la tiene cautiva. También, dice la tradición oral que los romanos para complicar la vida a los astures construyeron en lo alto un castillo, que luego sirvió de bastión en los tiempos de la Reconquista. Tampoco, faltan las alusiones a las ahumadas que allí se hacían para anunciar la llegada de piratas o la cercanía de las ballenas.

La capilla, cara al Castiellu, pintada de blanco, de dos pisos y con escalera exterior, recuerda a una vivienda. Y para no ser menos que el pico cuenta con una leyenda, que nos habla de un tratante de ganado que ante la desesperación de que sus reses murieran en las frecuentes riadas ofreció levantar una capilla. Al no sufrir en un tiempo ninguna perdida, costeó el templo bajo la advocación de San Felipe, santo que puede presumir de que en su honor se celebre la primera fiesta del año de la parroquia de Llanes.

Aquel domingo, la primavera recién estrenada nos permitió ver una gran variedad de pájaros que, a falta de hojas y flores, coloreaban los árboles, desde un raitán con la pechera de un naranja encendido, pasando por el diminuto chivirín pardo-rojizo, hasta el picabrotes rosa coral.

Tampoco, nos faltó poder contemplar un vistoso gallinero, en el que nos llamó la atención un gallo que, a pesar de la hora- igual, como nosotros, estaba desorientado con el cambio horario- subido sobre una valla de madera con el cuello alzado y el pecho inflado emitía un intenso quiquiriquí; y también unas gallinas que no tenían cola y otras con una suerte de aretes en la cabeza. Resultaron ser gallinas del tipo mapuche, originarias del sur de Chile, y que, para no desentonar con el colorista entorno, ponen huevos azules.

Y como broche final, vimos en unos cables, como si se tratara de una nota en un pentagrama, la primera golondrina del año.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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