Bosques llaniscos

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Es indudable que los parques de ciudad contribuyen a no desvincular al ser humano con la naturaleza. Cualquier zona verde higieniza y embellece el entorno urbano, y las visitas a estos lugares son un recurso al cual recurrimos todos los habitantes de las ciudades. Yo aprovecho cualquier ocasión para pasear por los parques de Oviedo. Me gusta contemplar los hermosos árboles que los pueblan. Es un placer ver esos ejemplares, la mayoría de gran altura y amplia capa. ¡Cómo no sentirse atraído por su belleza!

Sin embargo, al menos para mí, no es más que un recurso, pues cuando estoy en estos parques no puedo evitar pensar en los hermosos bosques y “cuetos” del municipio de Llanes.

Existe una gran diferencia entre un bosque regulado por procesos naturales y un parque en el que interviene la mano del hombre. El arbolado de un parque cuidado puede ser variado y formado por bellos ejemplares, algo que difícilmente encontraremos en los bosques naturales, pero que son, en cambio, menos sugerentes que los segundos, que se desarrollan en el bosque, que nacen, procrean y mueren siguiendo un orden natural, y de cuyo mantenimiento y cuidado se encarga la sabia naturaleza. Es en estos últimos donde uno percibe un efecto benéfico y tranquilizador, alejado del tumulto y de la contaminación acústica y brindándonos la grata compañía de los no pocos habitantes del bosque.

Estos lugares intrincados del bosque albergan multitud de seres vivos, que con un poco de paciencia y permaneciendo quietos en el lugar adecuado podemos ver aparecer y contemplar a poca distancia. Y es aquí, pisando tierra, rodeado de plantas silvestres, maleza y ramas caídas donde la grata sensación de estar en contacto con la naturaleza se hace notar y nos ayuda a combatir el estrés y a olvidar los problemas cotidianos, trasladándonos a un mundo de paz y sosiego.

Son tantas y tan variadas las maravillas que se aprecian en estos parajes, que huelga enumerarlas. Levantar la mirada y contemplar la impresionante montaña es ya todo un espectáculo. Y basta con mirar al cielo para disfrutar del vuelo de alguna pareja de milanos o de cualquier otra especie de ave rapaz, que planea en círculo sin apenas mover sus alas, ofreciéndonos gratuitamente el deleite que supone la contemplación de su vuelo. Y en ocasiones, mientras contemplas esta hermosa escena, escuchas la suave y dulce melodía de un mirlo o te sorprende y “asusta” el sonoro y vigoroso aleteo de una paloma torcaz que se aleja y desaparece en la lejanía, o te quedas asombrado ante la rápida carrera de un corzo que sale del matorral.

Una vez expuesto esto, fácil es comprender que hable de “recurso” al referirme a los parques de ciudad. Sin embargo, creo que es bueno conformarse con lo que hay. En estos casos conviene tener muy en cuenta las palabras del sabio: “La conformidad es la mayor de las riquezas”.

José Manuel Carrera Elvira

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