L’Ingiestu

2
1868

El penúltimo domingo de abril, entró en la Villa una niebla marina como si el mar hubiese salido volando, y descendió la temperatura, lo que vino muy bien para los incendios; a los dos días, el Cuera amaneció como si sus cumbres hubieran sido espolvoreadas con azúcar glas. Así que, imaginando que Los Picos estarían cargados de nieve, el sábado, bajo un cielo más que azul, nos encaminamos al mirador de los Carriles. Entramos por Rales y ascendimos por esa carretera llena de curvas, escoltada por grandes abedules, castaños, pinos y eucaliptos; y desde la que, antes de llegar al alto, se ve el mar, y sorprendentemente Cue y su iglesia.Y tras una cerrada curva: Los Picos de Europa, que en aquella mañana centelleaban de blanco.

Una vez allí, te das cuenta, como en la Borbolla, de que toda la sierra plana de Los Carriles, una de esas plataformas de abrasión marina, tan características de la costa llanisca, es un mirador abierto a los vientos, al mar y la montaña. Además, al estar habitada cuenta con una capilla, bajo la advocación de San Julián, a la que acompañan dos mayestáticos robles; y varios barrios escondidos en las faldas del pico Benzúa. Y justamente al sur de la sierra y a la vista de ese pico de altitud moderada, pero de estampa tan airosa, se encuentra El Ingiestu.

En ese rural y tranquilo lugar vive la familia de María Inguanzo, que fue muy conocida en el Concejo porque elaboraba artesanalmente, entre otras cosas, un sabroso queso de vaca, cremoso, de color blanco y forma rectangular, que solía vender en los mercados semanales y que se llamaba como su barrio: Ingiestu. Su hija Crescencia, de trato inmejorable, y que fue corresponsal de El Oriente de Asturias, regenta unas casas de aldea como de cuento, y el nieto de Doña María, César, que heredó la iniciativa y resolución tanto de su abuela como de su madre, se trajo de Francia unas vacas de la raza charolesa, que son blancas, de cuernos cortos y cabeza pequeña, famosas por su carne con poca grasa y su docilidad.

A la vuelta, después de que nos enseñaran un ternerín recién nacido, al que apetecía comer a besos, y deleitarnos con una sidra casera acompañada de una amena conversación, divisamos el rebaño de vacas charolesas adornando los pastizales de blanco, de un blanco como la nieve de los Picos y como el queso de María Inguanzo.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Fernando, desgraciadamente ese queso ya no se elabora, pero L’Ingiestu y Los Carriles son sorprendentes. Un beso.

  2. Tras quedarme un puquitin «papiau» contemplando la fotografía de Valentin, y después de leer el sentido relato de Maiche (ya sabéis Perela) me he sentido provocado a darme un pasein por L’Ingiestu y saborear ese maravilloso queso blanco de vaca, elaborado por Maria Inguanzo. La de cosas que me habéis de enseñar amigos.

Dejar respuesta