Las escritura y las palomas vecinas

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Qué mal me siento cuando me dispongo a escribir y no se me ocurre nada. Comienzo a teclear… y ya pueden ustedes imaginarse el resultado: nada de nada. Cierro el ordenador y salgo a la calle. Comentaba yo esto con un conocido, aficionado a la escritura, y me decía que también a él le ocurría eso a menudo y que era algo normal, propio de cualquier “escritor”. Confieso que me emocioné un poco ante tal calificativo. Lo que no sé es si lo decía para darme a entender que él era uno de los “buenos” o lo hacía con la intención de consolarme. Me inclino a pensar en lo primero; y lo segundo sería un consuelo para él, no para mí. Mi pobre inspiración está muy relacionada con el tiempo y las estaciones. Un día lluvioso me motiva enormemente, así como ciertas horas del día, que siempre intento aprovechar pero que no siempre puedo porque surgen otros quehaceres. Cuando siento el irreprimible deseo de escribir, me dejo llevar, del mismo modo que cuando camino muevo las piernas sin necesidad de esfuerzo físico. Escribir es para mí algo así como dialogar conmigo mismo o con alguien imaginario, pero con la gran ventaja de poder expresar frases completas sin ser interrumpido, algo casi impensable en una conversación. Además, puede tocarse cualquier tema con el convencimiento de que el supuesto interlocutor está interesado en él. Por ello, no hay inconveniente en extenderse ni en preocuparse del oyente, algo imposible cuando hablamos con otras personas. Es un placer plasmar ideas y pensamientos a través de la escritura, especialmente cuando sabes que nadie va a leerlos. No me estoy refiriendo a un diario; creo que llevar un diario es como mostrarse desnudo ante personas desconocidas, y supongo que no hay nadie tan perfecto ni tan osado como para hacerlo sin sentir vergüenza. Pretendo dar a entender con esto, que no escribo para ser leído y que soy lo suficientemente sensato como para reconocer que lo que hago no es otra cosa que desahogarme con naderías. Cuando digo que “no escribo para ser “leído” me refiero a que lo hago con ese absoluto sosiego que da escribir por placer, sin preocuparme de si lo que escribo será publicado o leído por alguien. Sé, sin embargo, que quien escribe lo hace con el deseo de transmitirlo, cuando sea y a quien sea. Pero eso es algo que no me preocupa. Pienso que un “escritor”, bueno, malo o menos malo, siempre escribirá. Y lo hace porque no puede evitarlo, aunque sepa que sus escritos acabarán olvidados en un cajón o en la bolsa de basura. Deseo añadir a esto que, a pesar de esa afición a la escritura, nunca he podido “dedicarme” por entero a ello, pues es difícil disponer de tiempo suficiente para entregarse a algo que, entre otras cosas, no produce beneficio económico. Un conocido escritor (no recuerdo su nombre) tenía enormes problemas cuando se encerraba durante horas o días a escribir. Su esposa le reprochaba que empleara tanto tiempo inútilmente en algo que no aportaba nada a la economía familiar. Sus novelas no se habían vendido, ni siquiera editado. Poco tiempo después se le abrieron las puertas del éxito. Su esposa cambió entonces de opinión y habilitó una estancia de la casa como despacho para él solo, entregándole la llave y diciéndole que podía encerrarse allí todo el tiempo que quisiera, pues nadie le molestaría. ¡Ay, el dinero!

Tengo delante de mí una pantalla en blanco. Me alejo del ordenador y paseo por la habitación. Me acerco a la ventana y miro al exterior con la esperanza de ver o sentir algo. Pero como nada veo ni siento, me fijo en una pareja de palomas que frecuentan una terraza abierta de un piso deshabitado en un bloque de viviendas situado al otro lado de la calle y frente a mi ventana.

Creo que me he extendido demasiado con el tema de la escritura, pero no me culpen a mí solo de esto. Han sido ellas, mis vecinas las palomas, las que me han incitado a manifestarme de este modo. Me explicaré a continuación…

José Manuel Carrera Elvira

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