Posada La Vieja

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Si les cuento que pretendo encaminarlos a un sitio en el que de repente se acaba el ambiente ruidoso y animado y te asalta el pleno campo, les resultará difícil adivinar a qué lugar de nuestro Concejo me refiero; pero si añado que esa percepción de pasar inesperadamente del bullicio a la quietud, de lo urbano a lo rústico, se produce especialmente en la mañana de viernes, se darán cuenta de que quiero que me acompañen a Posada la Vieja.

Ese pueblo, origen de lo que conocemos por Posada “a secas”, la cual nació a mediados del siglo XIX con la creación del mercado de la Vega de Santiago, ahora Plaza de Parres Piñera, tiene un aire tan señorial como rural.

A lo primero que se van los ojos y los pasos es a una recia construcción de planta rectangular, que llaman Torrexón, parecida a la Torre de Noriega, aunque privada de almenas al construirse una cubierta en la parte superior. También, como su semejante ribadedense, está en ruinas. Hubo un intento de darle un fin cultural, pero no cristalizó. Lo último que supe de esta edificación medieval es que fue sacada a subasta.

Frente al Torrexón, se alza, afortunadamente en buenas condiciones, al fondo de una finca poblada de colosales árboles, la que fue la casa solariega blasonada de la familia Posada Cortés, a quien Posada debe su nombre. Se trata de un conjunto palaciego en el que se aprecian dos partes levantadas en diferentes épocas. Así, a la izquierda se distingue una solida torre en la que destaca un escudo exquisitamente tallado que tiene grabadas unas palabras de gran peso: “Muy antiguo, muy noble, muy ilustre y muy extendido”; y a la derecha se identifica un ala mucho menos cerrada, donde se abre una magnifica solana de madera.

Dejando atrás estas impresionantes edificaciones, probablemente del siglo XV y que fueron de la misma propiedad, caminando entre casas tradicionales de piedra y madera, con sus corredores florecidos de geranios y pensamientos, y prados florecidos de manzanos, espontáneos rosales, diminutas margaritas y cabizbajas amapolas, llegas al bucólico barrio de Frieras, en el que, además del lavadero más bonito que he visto en mi vida, hay una antigua casería asturiana, hoy convertida en casa de aldea, en la que entran deseos de quedarse una temporada.

Después, y antes de tomar la senda que sigue el cauce del río Bedón hasta el mar, nos entretuvimos contemplando un rebaño de vacas que, al tiempo que pastaban plácidamente, no perdían de vista a sus terneros recién nacidos a los que todavía no les obedecían del todo las patas.

Ya en la senda fluvial, escoltados por un simpático perrín, que no nos abandono hasta llegar al puente, vimos una pareja de patos azulones jugando con su numerosa prole.

Al final, como si no hubiéramos tenido suficiente en aquella mañana soleada de mayo, nos aguardaban la más importante joya del románico del Oriente de Asturias y el mayor arenal del Concejo: El Monasterio de San Antolín y la playa del mismo nombre.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

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