Las palomas (1)

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Continuación de «La escritura y las palomas vecinas»

Nada nuevo apreciaba en el exterior, allí estaban los tejados de siempre, las casas, todas parecidas y con las ventanas cerradas. Solo se percibía el murmullo de gente que transitaba por la acera y el ruido monótono y desagradable de vehículos que circulaban por la calzada cercana. Fue eso, la monotonía del entorno, lo que hizo que la pareja de palomas de la terraza acaparase toda mi atención. Así que, en vez de escribir lo que debía, me dediqué a observarlas. La terraza a la cual me refiero corresponde a una vivienda deshabitada desde hace varios meses, por lo que estas aves la ocupan con libertad y sin recelo. Observo que esta pareja de palomas pernocta en ella y sus muestras de afecto indican claramente síntomas de apareamiento. Son palomas de ciudad, de esas que vemos a cientos diariamente y en cualquier lugar, en tejados, en parques y en la misma acera por la que caminamos. Tan acostumbrados estamos a verlas, que no prestamos atención a su fácil y bonito vuelo ni sentimos curiosidad por averiguar sus costumbres. Sin embargo, cuando hay ocasión de poder seguir de cerca su comportamiento, difícil es no sentir admiración, incluso emoción, al comprobar su instinto procreador y su absoluta dedicación, tanto de la hembra como del macho, al logro de sus crías.

Escribo esto después de haber estado observando durante unos días el comportamiento de estas aves. Una vez seguras de que nadie había en el piso, fue cuando comenzaron a construir su nido. Creo que no emplearon más de un par de días en hacerlo, pues estas aves crían en un nido tosco compuesto por palos y ramas delgadas. Lo describo así porque lo veo desde mi puesto de observación.

En el nido hay dos huevos. Las aves se turnan con puntualidad; siempre hay una de ellas incubando, que espera pacientemente la llegada de su pareja para ocupar su puesto. Su dedicación a la “familia” es sorprendente.

Compruebo con pesar que ha venido gente a ocupar la casa, hasta ahora vacía. Hay personas en el interior, al menos dos, y las luces están encendidas. ¿Qué harán con el nido?, ¿ya lo habrán visto? Me temo que no durará mucho ahí; la terraza es el sitio idóneo para secar ropa y depositar enseres. Llega la noche; una de las aves sigue allí, en el nido. lo que significa que, o bien no lo han visto todavía, o han decidido respetarlo. Me duele pensar en la posibilidad de que lo destruyan, aunque comprendo la necesidad de utilizar la terraza. Además, no se trata en este caso de unos días, sino de varias semanas, teniendo en cuenta el tiempo de incubación más el de atención y cuidado de las crías hasta que emprendan vuelo. Creo que no habrá solución. Intento no pensar en ello.

Me levanto temprano y me dirijo al balcón. Grande es mi sorpresa: la paloma está en su nido y a su lado hay dos cántaros, uno con agua y otro con migas de pan o algo parecido. ¿Quién es esa familia? Se han ganado mi simpatía, respeto y admiración. Me siento feliz sabiendo que las aves conservan su nido y los nuevos inquilinos parecen estar dispuestos a ayudarlas.

¡Sorpresa! Es temprano y me acerco a la ventana. Una chica joven, de unos treinta años de edad, coloca un cántaro con agua cerca del nido y deposita unos granos finos a su lado. Creo que ha aprovechado la ausencia del ave para hacerlo sin incomodarla.

José Manuel Carrera Elvira

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