Llanestopía (capítulo I)

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Nota:
Lo que sigue es una historia de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Dos días después de haber ordenado eliminar de la antesala del antiguo Salón de Plenos los retratos de los anteriores Alcaldes, el Muy Honorable (en Grado I) Alcalde de Llanes ordenaba a su secretaria que le localizara “inmediatamente” a la Honorable (en Grado II) Primera ViceAlcaldesa.

Al responderle al poco rato la secretaria que la Honorable (en Grado II) Primera ViceAlcaldesa no atendía al teléfono (“tiene puesto el buzón de voz”) el Muy Honorable (en Grado I) Alcalde de Llanes poco menos que se subía por las paredes. Estaba a punto de lanzar un nuevo dardo –envenenado con orujo de la Tierra Media- contra la fotografía ampliada de su Nada Honorable (en Grado Maximus) ex Concejal de Participación Ciudadana cuando se le encendió una bombilla en su cerebro. Le pidió un mechero a su secretaria y subiéndose al Trono del Gaviotu –nombre con el que era conocido el sillón del Muy Honorable- lo acercó a la alarma de incendios hasta que esta salto, atronellando por todo el edificio. “Ya verás como ahora aparece”, se dijo a sí mismo mientras ocupaba su rostro una inquietante sonrisa que le produjo un leve escalofrío a la secretaria.

Con lo que no contaba el Muy Honorable (en Grado I) era con que en las Konsistoriales de Llanes nunca se había llevado a cabo ni un mísero simulacro de incendios. Así que nadie sabía cómo sonaba la alarma de incendios. Así que nadie salió corriendo… hasta hubo uno que, queriendo hacerse el listo, cuando otros preguntaban qué era aquello respondió “creo que es la nueva señal para bajar a los minutos de silencio”.

En resumen que el Alcalde se encontró solo a las puertas del Ayuntamiento. Ni nadie salió corriendo ante la posibilidad de un incendio… ni nadie salió al minuto de silencio.

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