Las palomas (3)

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Continuación de «La escritura y las palomas vecinas»

Por cierto, el nidal se descompuso como consecuencia de los movimientos de las aves al cebar al pichón. En su lugar hay ahora una pequeña alfombrilla que ha colocado la pareja de extranjeros, y que la paloma ocupa durante la noche y buena parte del día. Me llama mucho la atención cómo los padres enseñan a comer a su cría. Cuando llegan, el pollo intenta comer de su pico y los persigue para lograrlo, pero los adultos pican en el suelo, entre la comida esparcida por la terraza, como indicándole lo que tiene que hacer. Ahora ya lo hace él solo. Este ya pasea por el recinto a la vez que picotea comida del suelo. Llega, aunque con timidez, al borde de la estancia; su plumón blanco se ha oscurecido y el tamaño de la cola ha aumentado considerablemente. Veo que mueve sus alas con fuerza, como ejercitándose para el vuelo.

Es tanto el interés que tengo en el seguimiento de esta familia de aves, que la primera pregunta que hago a mi esposa, que sigue con la misma atención que yo este proceso, es si ha observado algo nuevo durante mi ausencia. Han pasado varios días y la paloma permanece en a terraza. Ha realizado un corto vuelo hasta el alféizar de una ventana próxima para regresar de nuevo a la terraza. Los padres continúan visitando al pichón y él sigue comiendo de su pico. He observado que los progenitores están en el tejado y llaman a su cría animándola a emprender el vuelo. La esperan con paciencia y la vigilan constantemente. Tengo la impresión, aunque no puedo asegurarlo porque no los veo, de que siempre están pendientes de ella y la controlan desde los tejados cercanos para guiarla y protegerla cuando se decida a volar. He estado ausente un par de días; llego a casa y me dirijo a la ventana. El pichón no está. El suelo ha sido fregado y hay ropa en el tendal. Pero la paloma regresa a la terraza, acaba de hacerlo. Veo que ya vuela con la misma facilidad que sus congéneres adultos, aunque regresa diariamente a su sitio de costumbre y pernocta en la barandilla de la terraza.

Unos días después llego a casa por la noche y veo a mi esposa cerca de la ventana. Me dice: “Mira que escena tan tierna”. El pollo dormía, como de costumbre, en la barandilla del balcón, mientras que su madre lo hacía en un acodo que forma el canalón a la altura del alero, a un metro escaso del pichón. A partir de la hora de retirada de las aves, que es siempre antes de anochecer, la pareja extranjera no abre la ventana. Han transcurrido algunos días y las aves siguen pasando la noche en el mismo sitio.

Pido disculpas si me excedido en detalles y observaciones. No he podido evitarlo: se lo había prometido a mis vecinas.

José Manuel Carrera Elvira

1 Comentario

  1. Precioso e interesante relato, bien acompañado por detalles y observaciones. que me han impuesto en cosas que no sabia. Gracias José Manuel

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