Recuerdo de una época en Nueva

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A pesar de que vivo en Francia mi mente se alimenta de sueños que han viajado conmigo.

Durante mi niñez acompañaba a mi querida abuelita Hermenegilda a muchos lugares asturianos llenos de belleza y de pureza.

Algunos ya han sido mencionados en mi pequeño libro intitulado  “Raíces de Asturias”.

Hoy compartiré con mis paisanos otros rincones y otras sensaciones.

Con mi entrañable abuelita salíamos andando del Barrio Bajo de Nueva temprano de madrugada, dirección hacia el monte. El motivo no era otro que aprovisionar a nuestro “Pendús” de leña. Este combustible era muy apreciado en aquellos tiempos para cocer los alimentos, calentar la casa en invierno y perfumar el hogar con las esencias vegetales y ese embrujo que contenían.

Al llegar a Vallina aparecía un antiguo y emotivo molino con su cauce y sus aguas cristalinas que permitían distinguir el detalle más minúsculo del fondo del río como si este fuera una gran lupa.

A lo largo de tiempos indefinidos la corriente del agua había reducido y pulido las piedritas de distintos colores, dando la impresión de estar en presencia de un jardín de las mil y una noches.

No lejos del molino se contemplaba el arco de un puente romano, que ha resistido a tantas riadas, para servir hoy de testigo de parte de nuestra historia asturiana.

A poca distancia se encuentra la imponente cantera de Fausto quien era alcalde de Nueva en aquella época.

La piedra de silicio de color blanco transparente se utilizaba para la fabricación de loza.

Después de una lluvia mediante le influencia del sol, la piedra emitía reflejos polarizando la luz del día.

Abuelita y yo seguíamos nuestro camino paralelo al Ereba y a la par de una lujuriosa cortina de Alisos de color verde esmeralda, en donde disfrutaban innumerables especies de pájaros.

Después de unos kilómetros de marcha, llegabamos a la vega de Mestas, espacio lleno de colores y de emociones. Varias cabañas de cal y canto se destacaban por su arquitectura pastoril y por los tejados de color ocre rojizo, en medio de un océano de verde vegetación.

El óxido de hierro existente en el barro desde su origen era la causa del color de las tejas hechas a mano por Antonio Sánchez Rosete, Caxtaxiara, mi tío.

El río acariciando la vega y sus preciosos castaños era una auténtica delicia, los días de bochorno, aportaba alivio y bien estar.

Después de un momento de meditación, abuelita y yo, seguíamos andando por un estrecho sendero de montaña hasta llegar a la Friera. Durante el trayecto, abuelita me decía que la buena leña se encuentra siempre allá en donde los carros no llegan.

También me enseñaba las plantas que contenían virtudes terapéuticas.

En la Friera la leña abundaba, sin embargo, mi atención iba hacia una cueva en la que brotaba un manantial con fuerza.

Este pequeño afluente se unía al río de Nueva en Mestas, para seguir su curso natural y mover las ruedas del molino de Vallina con brío.

Tierra de ensueño, nací en tu seno para admirarte, naciste en Asturias para sorprenderme.

Dejo de escribir por hoy, con un cariñoso abrazo para todos los Asturianos.

José Luis GARCIA SANCHEZ

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