San Esteba de Cuñaba

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Lo que a la mayoría se nos viene a la cabeza cuando se nombra a San Esteban de Cuñaba es que fue el primer pueblo ejemplar de los Premios Príncipe de Asturias y, también, que el  Príncipe se ofreció a apadrinar al primer niño que naciera en esa aldea de Peñamellera Baja que estaba quedando despoblada.

Aunque no me cabía duda de que ese paraje de alta montaña, desde donde se pueden ver y respirar los Picos de Europa, y separado de  Cantabria por el  mítico  Deva, tenía mucho más que contar que el haber sido la primera comunidad vecinal que fue puesta de ejemplo; nunca me pude imaginar que esa aldea, encaramada sobre el desfiladero de la Hermida, nuestra garganta más larga, a la que se llega por una empinadísima carretera con curvas en forma de herradura, estuviera tan cargada de historias, que no son otra cosa que la suma de la unión, el valor y el ánimo de sus gentes.

La más emocionante, incluso más que las imponentes peñas que parecen  suspendidas sobre la aldea y sus árboles con vocación milenaria, es que a San Esteban lo levantaron de nuevo sus vecinos tras las devastadoras inundaciones de agosto de 1983, que destrozaron sus casas de piedra con sus corredores de madera torneada.

También ellos, con sus propias manos, pusieron en pie el monumental tronco del castaño de más de 400 años, símbolo del pueblo, al que derrumbó un rayo en una mañana del otoño de 1994.

Y de la historia del castaño, que da la bienvenida en la plaza, a la del tejo del campo de la Iglesia, donde una placa junto a la ermita, a la que llaman del Santucu, de estilo románico rural asturiano, recuerda que allí reposan sus antepasados y vivió el tejo fundacional de la aldea.

Al parecer, el  emblemático y antiguo árbol, no sobrevivió al invierno de 1888, año conocido como el de la nevadona de los tres ochos, en el cual hasta bien entrado abril no se fue la nieve de las Peñamelleras. Además, cuentan que aquel tejo, cada 2 de febrero, anunciaba, al iluminar su copa el sol, que lo peor del invierno ya había pasado.

No puedo terminar estas líneas sin hacer referencia a que desde hace décadas los vecinos de San Esteban de Cuñaba, como no podía ser de otra manera en gentes que anteponen la tradición y la conservación y defensa del entorno, están luchando para que una empresa eléctrica cambie de sitio una torreta de la luz, ya que vinieron a colocarla justamente en el lugar que ocupaba el tejo casi sagrado, aquel bajo el cual se celebraban los concejos abiertos y por el que el sol se descolgaba.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Precioso y didáctico relato Perela, y magnífica foto Valentín. Es la lectura preferida de los Sábados, ya que es una suerte el conocer personas que tienen esta capacidad de información.

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