Las garzas del Bedón

0
721

El mes de septiembre es excelente para disfrutar de la naturaleza llanisca. Considero un privilegio poder estar en Llanes en esta época, especialmente cuando el tiempo se presenta poco lluvioso. No puedo evitar el malestar cuando no es así. Digo esto porque el hecho de estar cerca de caminos y sendas que acostumbro a recorrer y de lugares que me gusta visitar aviva el deseo de repetirlos. Y esto hace que me disguste cuando la meteorología lo impide. Sé bien que cualquier camino o senda se vuelve intransitable con la lluvia, a la vez que los días cortos aconsejan no alejarse mucho de la zona urbana. A pesar de estos inconvenientes inevitables, este año he podido visitar el valle del Bedón. Era el ultimo día de mi estancia en Llanes y llovía, por lo que pensé que me vería obligado a pasar la jornada sin alejarme mucho de casa. Pero la lluvia cesó inesperadamente al comienzo de la tarde, así que me dispuse a acercarme al río para ver su crecida. Me gusta observar el discurrir de las aguas cuando el caudal fluye con ímpetu. Es gratificante ver cómo estas hacen alarde de su fuerza y asean su lecho de la inmundicia que nosotros depositamos en él. Y no nos cae la cara de vergüenza.

Como no disponía de calzado adecuado para llegar a las zonas desde las que acostumbro a observar la crecida, decidí dejar el coche en la carretera y cruzar hacia el río a través del campo. No tardé en escuchar el inconfundible graznido de la garza. El característico sonido provenía de diferentes lugares próximos entre sí, y era tan potente y llamativo que inundaba el valle de magia y exotismo. En más de una ocasión he intentado transmitir al lector la belleza y el atractivo que desde siempre he apreciado en San Antolín y en el valle del Bedón. Y ahora, cuando los años pasan y compruebo, con gran dolor, la transformación y el cambio, todo a peor, de este bello entorno, tanto más lo añoro.

A pesar de esto, me agrada saber que las garzas siguen ahí. Al escuchar los graznidos de las aves me dispuse a aprovechar la ocasión y avancé sigilosamente hasta el arbolado de ribera, ocultándome tras los árboles que encontraba a mi paso.

Mi intención era encontrar a estos ejemplares y lograr observarlos de cerca. La garza es huidiza y solitaria; yo nunca he conseguido acercarme a ellas a menos de unos sesenta metros de distancia. Y esto, con suerte y en contadas ocasiones. Estas aves hermosean con su presencia, su vuelo y su graznido el entorno del valle. Cundo escuché el potente graznido inundando la vega me olvidé de lo demás, del rumor del río, de la riada, del paisaje y, en general, de todo lo que me rodeaba, incluido cualquier problema o pensamiento perturbador. Y aunque, como decía antes, no llevaba calzado adecuado para adentrarme en el campo mojado y embarrado como consecuencia de las lluvias recientes, de ninguna manera quería perder la oportunidad de ver de cerca a uno de estos ejemplares en actitud de reposo.

Ignoro el tiempo que empleé en avanzar cincuenta de los más de cien metros que me separaban del lugar del que procedían los graznidos. Tampoco me percaté de que mis zapatos estaban empapados y el barro se había adherido a mi pantalón hasta la altura de la rodilla. Seguí caminando lentamente, protegiéndome entre el sotobosque y la fronda de la orilla del río. He observado en muchas ocasiones y a lo largo de años el comportamiento y las costumbres de esta especie y sé que cualquier precaución es poca si hay intención de acercarse a ellas sin que adviertan nuestra presencia. Mi emoción iba en aumento a medida que me aproximaba a la “presa”. De repente cesaron los graznidos. No tuve duda de que las garzas me habían visto. Es muy probable que ya supieran de mi presencia desde el comienzo de la incursión.

Salí al exterior sin más precaución y miré entre el follaje, que todavía revestía el arbolado. Pude ver a una de las garzas durante unos segundos, pues casi de inmediato emprendió el vuelo. Qué hermoso es verla volar: lo hace sin aparente esfuerzo y sin prisa, pero con seguridad. Pude apreciar con claridad su pico cónico y puntiagudo antes de que se ocultara tras los árboles cercanos para después elevarse hasta perderse de vista en dirección a la colina. A la altura de la rasa otro ejemplar se le acercó, y juntos continuaron su marcha. . Observar el vuelo de la garza es un bello espectáculo; su envergadura de más de un metro y su longitud de cerca de los ochenta centímetros no dificultan ni alteran su avance en el aire y, dado su escaso peso a pesar de su aparente gran masa, vuela con extraordinaria soltura. La constante presencia de esta especie en cualquier época del año hace suponer que, aunque se trata de una ave migratoria, nidifica aquí.

Me gusta que estas aves hayan elegido nuestro entorno como estancia, y de manera especial el valle del Bedón. Ignoro si se trata de una especie protegida, pero sea así o no, espero que se la respete y podamos seguir disfrutando de su vuelo y su presencia durante mucho tiempo.

José Manuel Carrera Elvira

Dejar respuesta