Rioseco

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Imagen, Valentín Orejas

Rioseco es un pueblo que se ve desde El Allende y Los Callejos, y desde las estribaciones del cerro en el que está enclavado, mira a Posada, Niembro y al mar.

Si bien, las mejores vistas se las llevan las copas de sus árboles, entre los que abundan los cerezos, cuyos frutos eran muy apreciados en todo el Concejo, siendo ahora, sobre todo, deleite de los pájaros, que cada especie degusta a su manera, cogiéndolos en las ramas o en el suelo.

Nada más llegar a ese lugar de la parroquia de San Pedro de Vibaño se me fueron los ojos, y a Valentín la cámara de fotos, a unos cables de la luz donde una golondrina en vuelo daba de comer a su polluelo, mientras las demás crías con sus prominentes y rojas bocas abiertas inducían al otro progenitor, que ascendía y descendía en picado, a alimentarlas.

Estando todavía pendientes de las golondrinas, se nos acercó un risueño vecino al que aburrí a preguntas. Felipe, que así se llama el cordial “riosecano”, además de señalarnos la casa en la que vivió el hermano de Bernabé Ruenes Santoveña, el famoso bandolero nacido en la cercana localidad de Turanzas, nos contó que en la madrugada del 31 de mayo de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, un avión alemán se estampó contra el monte que teníamos detrás.

Se trataba de un cuatrimotor que, realizando labores de reconocimiento entre Lisboa y las islas Azores, tras un encuentro que hirió a algunos miembros de la tripulación y produjo averías en el aparato, se vio en la necesidad de aterrizar en el aeropuerto neutral más cercano, que no era otro que el de Cue.

Al parecer, se aproximó a la costa descendiendo demasiado y no pudo salvar el pico Brañueta. No sobrevivió ninguno de los 11 miembros de la tripulación, los cuales, siguiendo la tradición de las Fuerzas Armadas Alemanas de no repatriar a sus nacionales muertos en acción de guerra, fueron enterrados en el cementerio de Posada, donde reposaron hasta 1980, año en el que fueron trasladados a Yuste.

Añadió Felipe, como remate, que el templete de madera, bajo el cual está el santo de la Iglesia, fue revestido de aluminio del siniestrado bombardero.

Ante esa curiosa información, nos dirigimos a visitar la capilla que, en el interior del pueblo, rodeada de hórreos y florecida de hortensias y geranios, con la espadaña en un lateral y pintada de blanco y de un azul casi añil, que la rejuvenece, muestra a San Antonio enmarcado con los restos del avión que, hace 77 años, tan cerca se estrelló.

De regreso, bajando hacia Posada, sin apartar la mirada del picu Castillu, que oculta Rales, y del airoso Benzúa, no se me quitaba de la cabeza el terror que habrían sentido los vecinos de Rioseco ante la imagen de aquel aparato que envuelto en llamas se les echaba encima.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Por estos pueblos si he paseado muchas veces Perela, y una de las cosas que mas me llamó la atención de esa zona, es que la belleza de su horizonte, no te deja alargar mucho la vista. Un abrazo

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