A propósito de Don Genaro

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Yo era un chavalillo y aquellas gentes me llamaban “migueletu” porque era de Boquerizo. A lo que mi padre, susurrándome al oído me decía: -No te cabrées monín (yo de niño tenía muy mala leche) diles tu a ellos “Jarotos”.

Así nos insultábamos la chiquillería de los dos pueblos. Aunque la verdad, la sangre jamás llegaba al río. Nunca llegué a saber qué quería decir jarotu ni tampoco migueletu.

Pero vayamos al meollo que me trae hoy al teclado:

Durante las fiestas de La Borbolla, en los años cuarenta y tantos del siglo pasado, lo más notable que recuerdo aparte de que las mozas del ramo entonaban bastante bien, era que aquellos días la aldea estaba tomada por numerosas fuerzas de la Guardia Civil; más algún que otro policía municipal de Llanes.

Se suponía -en rumor de lavadero- que la precaución era tomada para que se estuvieran quietos aquellas noches los “emboscaos” en la cercana ladera de la Sierra del Cuera, ya que llegaba como todos los años por aquellas fechas el invitado de honor, el oriundo nieto de hidalgos del pueblo admirador de Benito Mussolini y de J. A.Primo de Rivera y al que el Caudillo había nombrado Gobernador Civil de Vizcaya. ¡Había que evitar que hubiera balacera…!

Como mi padre y sus siete hermanos habían nacido y crecido en el caserío que aún pertenecía a la familia Riestra -La Braña Vieja- que mi abuelo Piano había arrendado y, que a su muerte seguía siendo gestionado por uno de mis tíos, Don Genaro y su hermana Doña Amalita nos solían conceder la gracia de aceptar la invitación de compartir con nosotros el banquete de mediodía.

Mis parientes invitaban también aquel día a algunos “notables”” de la aldea: léase el Fielatu, el Alcalde, el Cura, el maestro, un señor que venía de Madrid… pero jamás un indiano que estuviera recién llegado de México. Yo no supe el porqué de aquél detalle hasta pasados unos cuantos años.

Eso era todo.

Lo que a mi, que ya empezaba a discernir por mi propia cuenta, se me antojaba como que nuestras influencias en el Régimen se limitaban a lamer el cazo por la parte de afuera. Y entre lametazo y lametazo, flotaba en el ambiente de la sala-comedor de aquella casona solariega, una especie de pelotilleo vergonzante . (En la España anterior se invitada a las plañideras para ambientar un duelo, y a los pelotas para las visitas del rey). Aquel babeante ceremonial al fin y al cabo, sólo servía para que mis familiares dilapidaran en un solo día los ahorros logrados durante varios meses de sudores labrando las tierras del señor.

También recuerdo respecto a Don Genaro que tenía una cabeza desmesurada como no he vuelto a ver otra. Parecía una pera colosal, pardusca y pecosa como aquellas de invierno. Una columna corintia sobre sus hombros, siempre enhiesta, vertical, altiva.

La cuchara de la sopa subía en su mano derecha como en una especie de montacargas exterior parsimoniosamente hasta la altura necesaria, y en un movimiento horizontal y automático la hacía desaparecer bajo la cornisa de su frente hidrocefálica, en donde entre sombras, se adivinaban tres orificios oscuros que deberían corresponder a los de la nariz y la boca.

Hablaba poco. Despachaba con algún monosílabo desganado cuando alguien osaba preguntarle algo. Y le aparecía en el semblante, debajo de sus cejas megalíticas, una especie de expresión feliz cuando en la sobremesa comenzaba la coba generalizada, y los juegos florales.

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Sin ánimo de polemizar sobre el “benefactor” de la villa de LLanes, no puedo evitar recordarme, por analogía, de algo que solía decir con frecuencia mi querido amigo Antonio Cimino, aprendido durante su estancia en su querida ciudad de Trápani, Sicilia, referido a El Duce: ¡¡¡Sì, abbiamo accettato di essere un grande figlio di puttana, ma era nostro figlio di puttana!!!

Eladio Muñiz

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