Otoño en Lledías

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Se dice del otoño que es una estación transmisora de tristeza, que agrava, e incluso causa, determinadas dolencias. No lo pongo en duda, aunque pienso que, a pesar de ello, tiene su lado positivo. Me refiero al cambio que se produce en la naturaleza en esta estación. La segunda quincena de octubre es ideal para disfrutar del hermoso colorido que nos muestra el arbolado de los bosques. Es ahora, en esta época, cuando cualquier pueblo o ciudad está rodeado de belleza y colorido. Alejarse un par de cientos de metros de la zona urbana y dar un paseo por los bosques es algo estimulante y poético.

No es necesario introducirse en su interior, ya que el panorama que se nos presenta es hasta más bello visto a distancia, pues no se aprecian imperfecciones, sino que lo que vemos es una estampa perfecta, como solo la naturaleza es capaz de diseñar. Cuando hablo de ir al bosque no me refiero a caminar para hacer ejercicio, sino para observar y contemplar. Como digo al principio, cualquier ciudad o pueblo nos ofrece un espléndido panorama en esta época. Yo, sin embargo, acudo siempre al mismo sitio, a Lledías. Es en ese lugar donde mejor percibo el contacto con la naturaleza y donde más claramente puedo disfrutar de su silencio. Las cinco de la tarde es mi hora preferida para acercarme hasta allí y caminar por alguna de las muchas sendas que conducen a la ladera de la montaña.

Camino al lado de bosques y cuetos cuyos senderos forman ahora, con la caída de la hoja, una alfombra espesa sobre el suelo, cómoda y crujiente, y cuyo grato sonido me acompaña a lo largo del recorrido. Me detengo a contemplar las vacas pastando en los prados, para continuar después hasta la ladera de la montaña, bien poblada de alisos mostrando sus hojas de color amarillo verdoso, de abedules, robles, castaños y arces. Todos los bellos colores otoñales que exhiben estas especies contrastan con el verde del arbolado de hoja perenne formando un conjunto armonioso de tonos agradables y relajantes. Pienso que los árboles nos brindan este espectáculo único para pedirnos respeto, algo que, por lo que estamos viendo, no comprendemos. A este paso, un día llegará en que lo que hoy es un bello entorno lleno de vida quedará convertido en un páramo; así será si no se evita que pirómanos y “talómanos” continúen realizando su labor destructora.

Disfrutar de un día otoñal sereno, de agradable temperatura y con el aire quieto, es algo sumamente placentero. Tras recrearme con el bello espectáculo, espero al ocaso, cuando el sol expande sus rayos anaranjados sobre el valle y los prados y el silencio se entremezcla con sonidos naturales como el ladrido de un perro o el graznido de un cuervo. Me divierte ver cómo las diferentes especies de aves desfilan ante mí, camino de su dormidero; me asombra la seguridad con la que vuelan hacia él. Algunas hasta se permiten hacer un alto en su camino y se posan en un árbol cercano mirándome con curiosidad. Supongo que es para darme las buenas noches. Estos animales que viven libre y salvajemente no saben de prisas y conocen bien su ruta, sin necesidad de indicadores para llegar a su destino. Tampoco les importa la tardanza, pues no usan reloj ni nadie les pide explicaciones en caso de retraso. Me asombro ante la facilidad con la que estos animales penetran entre la espesura del bosque, repleto de árboles y maleza, directos a su dormidero. Algo parecido a nosotros, los “listos”, que nos vemos obligados a seguir indicadores, señales y semáforos para dirigirnos a casa. Además, ellas no contaminan. En fin, son pensamientos míos que pueden parecer, para muchos, infantiles o ingenuos. Pero que a mí me divierten. Y me gustan.

José Manuel Carrera Elvira

1 Comentario

  1. Tienes razón José Manuel, la paleta de colores que nos presenta el Otoño, en cual quiera de sus reinos, animal, vegetal o mineral, o hay pintor que la iguale.

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