Meré

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Imagen, Valentín Orejas

En el valle del río de las Cabras, confinando por la parte de vendaval con la Malatería, al nordeste con la parroquia de San Juan de Caldueño y al sur con los concejos de Onís y Cabrales, se encuentra Meré.

Mi primer recuerdo de este pueblo, que se extiende a ambos lados de la carretera, tiene que ver con un gran cesto de varas de avellano que mi padre había adquirido allí para guardar mis juguetes.

Tiempo después de que aquel paxo dejara de cumplir con su misión original, oí contar que los merenchos destacaron en la guerra de la independencia sorprendiendo en el desfiladero del río de las Cabras a los franceses.

También, escuché una curiosa historia, que he refrescado para escribirla, sobre que a mediados del siglo XIX varios vecinos de Meré fueron mordidos por un lobo, y la Corona tuvo que indemnizarlos con una cantidad de maravedíes y con dos cajas de “polvos del pastor Alfonso”, que debían ser una poción mágica que curaba todo, una suerte de bálsamo de Fierabrás.

Más tarde, visite la Capilla de Santa Eugenia, aneja a la románica de Santa Eulalia de Ardisana, y el soberbio Palacio de la entrada, un conjunto rural en esquina lindera, que se distribuye en torno a una antojana, levantado a finales del XVIII junto a otra edificación más pequeña, pero de mayor antigüedad.

Lo que no conocía, donde nunca había puesto los pies, es en Cuetu Meré. Así que una mañana de verano soleada, pero con nordeste, tomamos una carretera que conduce a ese lugar situado en la parte oriental y alzado sobre una pequeña colina.

En la subida, la mirada se llena de verdes, encontrando a nuestro paso cuidados manzanos, algunos castaños, robles y nogales, que hablan de una gran riqueza forestal en otras épocas; maizales, que susurraban al rozar sus hojas unas contra otras por el viento, pequeños caminos como de cuento y una estampa del pueblo de Debodes, que parecía una acuarela.

Una vez arriba de ese barrio, de apenas 20 habitantes, sorprende una inmejorable vista del inspirado Palacio, casas rurales rehabilitadas con piedra caliza y madera, donde en dicho merencho: “ se debe estar como paxarín de veranu”, y unas hortensias del color azul claro más bonito que he visto en mi vida.

Asimismo, llama la atención que en esa parroquia tan pequeña hayan existido cinco templos, quedando en la actualidad solo la Iglesia de Santa Eugenia. Y al hilo de esa antigua devoción religiosa contarles para terminar que, durante un tiempo, “me trajo de cabeza” la denominación del festejo que celebran en Cuetu Meré: el Pieloru, hasta que me ilustraron de que es el nombre del prau donde estaba enclavada su antigua ermita bajo la advocación de Santa Isabel.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Fernando, me alegro mucho de que estas líneas te hayan traído un recuerdo tan bonito y tan poético. Un abrazo.

  2. Paseando una tarde de Verano por esa zona a la que nos has llevado Perela, , oí, acompañada por el monótono ritmo que marcaban los golpes de hacha de alguien que estaba cortando leña, una gaita, que en la lejanía y a cielo abierto, tenia un sonido y emitía una melodía, que hizo que en aquel momento todo se detuviera a mi alrededor, para poder entonces «oír el mundo rodar».

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