Abándames

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Imagen, Valentín Orejas

Desde la atalaya donde se ubica la torre del reloj de Alevia, nos llamó la atención el lugar de Abándames, que mira al Cares, el río de aguas más cristalinas que conozco y que tiene en sus margenes árboles que parecen hacer equilibrio y haber llegado por el aire.

Nada más poner los pies en ese pueblo, de nombre tan extraño, a quien dice que viene de Aba, que significa agua, nos pilló desprevenidos la abundancia de viejas casonas de piedra de cantería con aparatosos escudos de armas en sus fachadas, que se nos asemejaron a auténticos palacios, y las bonitas casas de indianos, fruto de la emigración a América.

También, nos sorprendió la iglesia, modernizada en el exterior, aunque de origen medieval, y con una llamativa fuente azulejada en uno de sus laterales.

Además, las casas que no son blasonadas ni indianas, tienen un encanto especial con sus miradores, corredores de madera, aleros artesanados y las corraladas, como una suerte de cajas para guardar el sol.

Impresionados por ese aire señorial que se respira a cada paso, seguramente por haber sido Abándames capital del Real Valle de Peñamellera, hasta que el enfrentamiento con Alles en 1869 llevó a la fragmentación en dos ayuntamientos independientes, el alto y el bajo, llegamos al barrio del Torracu, y allí nos topamos con un vecino que trabajaba en la obra de una magnifica construcción que hacía esquina.

Me faltó tiempo para hablar con él, y como resultó ser muy cordial y dicharachero mantuvimos una amena conversación. Me contó, entre otras cosas, que la casa que estaba rehabilitando era para su hijo, y señalando algunas piedras de la fachada en las que había unos agujeros, explicó que se debieron a que en el mes de octubre de 1954 intentaron asaltar a un indiano, Teodoro López Rubín, que vivía justamente enfrente de donde nos encontrábamos, y que gracias a sus vecinos, que salieron en su ayuda al oír los tiros, no sufrió daño alguno.

Entonces, nos refirió que el Sr. López Rubín, antes de emigrar a México, era pastor, y que en una ocasión lo atrapó una fuerte tormenta de viento y nieve en la cumbre del pico el Paisanu, y en el trascurso de la misma prometió que si salía del peligro erigiría un pequeño homenaje a San Antón.

Años después, tras volver de América, alzó una ermita en aquel lugar, donde comenzó a celebrarse una romería campera a finales de julio. Añadió a su relato, que aquel indiano trajo la primera televisión al valle y que la colocó en el patio de su casa para que todos la pudieran ver. También, nos enseño la fuente del Torracu, de la que cuenta la leyenda que quien bebe de su agua se vuelve loco, y nos encaminó al antiquísimo puente del Acebal, al que se llega por un bucólico camino.

De regreso, y según iba dejando atrás a Abándames, ya quería volver, y pensé que me gustaba tanto que no iba a poder describirlo.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Fernando, en cuanto aparezcas por la Villa te llevaremos a Abándames y disfrutaremos de las Peñamelleras. Gracias y un abrazo.

  2. Después de leer lo que has escrito, es tal el sentimiento de curiosidad por la belleza que consigues crear, que os amenazo con «emplazádevos» para darnos una vueltina por esos pagos, en cuanto yo aparezca por la Villa. Avisados quedan, tu pluma y la cámara de Valentin.

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