Sobrefoz

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El día 27 del pasado mes octubre, en un intento de apartar la atención de los acontecimientos que en las últimas semanas nos estaban causando tanta incertidumbre e inquietud, nos fuimos al Concejo más occidental del Oriente de Asturias, además del más escondido y accidentado, que no es otro que Ponga.

Una vez en la capital, San Juan de Beleño, y al divisar Sobrefoz, que iluminado por el sol mostraba un color ambarino, como si le hubieran pintado con miel, decidimos descender a ese pueblo enclavado en una foz del río Ponga.

Así, entre impresionantes gargantas y desfiladeros cortados a pico, pues la montaña ni siquiera se suaviza en las riberas del rio, que parece tallado en ella; disfrutando del otoño de las hayas, abedules, castaños y robles y de los diversos tonos de verde del musgo más bonito que había visto en mi vida, escuchando solamente el sonido de las hojas que al caer tropezaban con sus propias ramas, alcanzamos Sobrefoz, la localidad más al sur del abrupto Concejo.

Emocionada pensando que, aunque no se hayan dejado ver, en aquel inacabable arbolado, que acabamos de vadear, se refugiaban ciervos, corzos, rebecos, igual osos e incluso algún escurridizo urogallo, llegamos a la iglesia, en la que nos llamó la atención un reloj de sol y una estrella de Belén, que nos recordó que la Navidad se encontraba a la vuelta de la esquina.

Más tarde, supimos que está bajo la advocación de San Pedro y, también, que Sobrefoz se remonta a épocas prerromanas, que sus habitantes se incorporaron al grupo de resistentes astures organizados en torno a Pelayo y que en la Edad Media obtuvo privilegios reales, como el de la libertad de pastos.

Además, nos enteramos de que las casas se agrupan en tres barrios, Boiles, Yano y la Aldea, y que entre las poderosas familias que en ellos se asentaban hubo muchas luchas para hacerse con el control del pueblo. Se me ocurre que no sería extraño que, debido a esas rivalidades que cuentan, hubiera acontecido alguna historia rural tipo Romeo y Julieta.

Tras pasear entre sus casas y casonas, a las que no les falta la piedra caliza y los corredores de madera de roble o castaño, ni tampoco cuidados hórreos y paneras, y visitar el Palacio de Costaniella, en el que destaca, tallado en el alero, un cuélebre con dos cabezas y dos colas, nos sentamos a comer en la terraza de un bar sito en la plaza. Acertamos de pleno, pues no pudimos tomar un cabrito más rico, ni paladear tan exquisito postre, la copa de los beyos, elaborada con ese queso cremoso y suave, miel y nueces. Y para rematar, un humeante café de puchero.

Con todo, lo mejor fue el amigo que nos acompañó: Fernando Suárez Cué.

Regresamos a Llanes oyendo la radio en silencio, y al escuchar que habían aprobado una suerte de Declaración de Independencia de Cataluña, solo se me venían a la cabeza los colores rojo y amarillo de las hojas de los árboles de Ponga, olvidando los marrones, ocres, naranjas, verdes y violetas.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía: Valentín Orejas

2 Comentarios

  1. Fernando,muchas gracias de parte de los dos. Me has sacado “los colores” y dejado sin palabras.Un abrazo.

  2. Queridos amigos y lectores del Diario, tengo que deciros que esa excursión fue inigualable, máxime cuando terminamos comiendo en ese pueblín, y como, si sí, o si no, terminas como un cagoche, ya que estaba todo riquísimo y barato, que no están los tiempos para “tañer campanas de oro”.
    Solo había una cosa que requería toda mi atención, y era el concentrarme en el gran espectáculo que te presentaba el paisaje, porque si tenias la fragilidad de escuchar la simpatía de Valentín, entonces los montes perdían su gracia, y si caías en contemplar la sonrisa de Perela, entonces los valles, se te aparecían mas tristes y oscuros. En fin lo pasé contento y feliz, porque paisaje, belleza y amigos, es un trinomio que no es fácil de concertar. ¿Estáis de acuerdo?… ¡Pues eso!

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