Pequeños detalles

1
695

No es fácil ahora mismo escribir sobre un tema que acapare la atención del lector, salvo que se refiera a las andanzas de un pintoresco señor que lleva una especie de “fregona” por sombrero y trae a todo el país de cabeza. Tan ridícula y surrealista es la situación, y el final tan incierto, que hace que nos levantemos cada mañana ansiosos por ver el final del culebrón.

¡Qué “gran país” es este! ¡Cómo nos reímos! Aunque también nos cabreamos. Pero como todos estamos al corriente de este asunto y nada queda por decir al respecto, escribiré sobre otro tema, aunque nadie o pocos lo lean.

¡Qué a gusto me siento después de plasmar en el papel o en la pantalla experiencias gratas de la vida cotidiana! Son, en muchos casos, pequeños detalles, fugaces pero no pasajeros, y que una vez captados difícilmente se olvidan. El siguiente es uno de ellos.

A veces, cuando uno busca una calle en una ciudad se ve obligado a preguntar. Y así me ha ocurrido a mí. Un amigo me pidió que recogiera un paquete a su nombre depositado en una tienda que, según me indicó, estaba muy cerca de mi casa. La dirección que me proporcionó mi amigo me era desconocida. Pregunté a un señor que paseaba a su perro por las inmediaciones y me dijo que no conocía esa calle. Noté que no tenía mucha gana de ayudarme, lo que no me sorprendió, pues el día estaba frío y lluvioso. Pregunté a otras dos personas con el mismo resultado: no conocían la dirección ni la tienda. Al parecer, habían cambiado el nombre de algunas calles de esa zona de Oviedo y la mayoría de la gente las desconocía.

Después de un rato y con una buena mojadura encima se me ocurrió preguntar a unos trabajadores de la construcción. Sabía que me exponía a que no me hicieran caso; bastante tenían con soportar la lluvia y el frío. Pero grande fue mi sorpresa cuando me dirigí al más cercano de ellos. Se trataba de un hombre de poco más de cuarenta años; su ropa de trabajo estaba mojada y con manchas de cal y cemento. Me acerqué a él y le pregunté. Su mano derecha asía una pala, que dejó en el suelo mientras se acercaba un compañero para informarse. Con amabilidad y sonrisa me indicó la calle y la tienda por la que preguntaba. Me dijo que era una calle pequeña que estaba a pocos metros de allí y que debido al andamiaje y los plásticos que cubrían la fachada del edificio no se leía el rótulo ni se veía la tienda. No supe cómo mostrarle mi agradecimiento. Cuando salí del establecimiento, ya con el paquete en la mano, pude comprobar que miraba hacia allí con objeto de cerciorarse de que había acertado a llegar. Me dirigí hacia él para darle de nuevo las gracias. Sonriendo, levantó el brazo para decirme adiós.

Cuando veo a muchos políticos (demasiados) desfilar por los juzgados acusándose mutuamente, cuando no diciendo que son inocentes y que el dinero presuntamente robado cayó del cielo, o veo cómo este señor de la “fregona” nos toma el pelo y nos deja en ridículo a todos, no me siento precisamente orgulloso de ser ciudadano de este “país de “traca”, como dice un amigo mío. Son los pequeños detalles, como el expuesto, los que alegran la vida y contribuyen a olvidar el mal sabor y la rabia que nos invade al pensar en los primeros . Desgraciadamente, creo que estamos en manos de los malos. Me pregunto si alguna vez llegarán los buenos. ¿Los hay?

José Manuel Carrera Elvira

1 Comentario

Dejar respuesta