Mayo francés

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Mayo del sesenta y ocho. Mayo francés.

Nos encontrábamos en París sorteando las barricadas de adoquines del barrio latino.

No nos  habían llevado inquietudes revolucionarias, ni tampoco las causas que obligaron a emigrar a miles de desheredados asturianos a través de los tiempos hacia todas las latitudes del planeta. Habíamos llegado allí por su mala cabeza.

Aquél Mayo francés, que habría de ser el desencadenante de unas agitaciones sociales de dimensiones planetarias, y que serviría de catapulta hacia el ¿éxito?, del arribista que me acompañaba en aquella aventura y al que, a mi pesar, tendré que volver a mencionar a lo largo de este relato.

Se estaba construyendo en  Luxemburgo, capital del Gran Ducado del mismo nombre, el prodigioso puente Duquesa Carlota que habría de enlazar la ciudad a la planicie de Kirchberg, donde la CECA (así se denominaba la UEE) estaba construyendo los edificios que poco tiempo después albergarían La Cour de Comptes y la Cour de Justice pertenecientes a la misma. Mi acompañante era experto en grandes construcciones metálicas y trabajaba  como ingeniero en la construcción de dicho puente. Yo me ganaba  los garbanzos en el Gran Ducado, pero más modestamente.

Una casualidad hizo que nos conociéramos en la barra de un bar frecuentado por españoles y allí le confié que yo iba a regresar a España unos días más tarde y que tenía intención de entrar en París a pasar unos días con un amigo residente, ¿te acuerdas Colasín?. Pero que tenía temores, ya que (esto era a finales del mes de  abril) comenzaba a haber serios disturbios en Nanterre, Universidad  del Cinturón Rojo al Oeste de la ciudad. El “mozo ingeniero” tenía ganas de presenciar en vivo lo que se estaba cociendo y me propuso, me rogó, que lo depositara en París. Nunca lo debiera haber hecho.

Mi amigo Colasín vivía en un Distrito alejado con lo que, aunque con cierto temor, me decidí a entrar en lo que tres días más tarde habría de ser un caos infernal.

El París del “oh la la” se había convertido para mí en una pesadilla.

El universo entero parecía seguir una consigna: Barricadas, caos, anarquía. A la amalgama de los estudiantes de Nanterre con los  profesores, los obreros, los sindicalistas y otros actores sociales parisinos cargados de razones, se le unieron las manifestaciones juveniles en Alemania, la huelga general en Roma, los disturbios de Turín, la primavera de Praga, el “Cordobazo” en Argentina, en Estados Unidos, en Japón, seguidos de los trágicos sucesos de Tlatelolco en México… Y como protagonista la generación rebelde mundial que adoptó como símbolo el adoquín y como eslóganes “prohibido prohibir” y “seamos realistas, pidamos lo imposible”, según escribió años más tarde Daniel Cohn Bendit, uno de los máximos protagonistas de los sucesos de París.

Aquellos acontecimientos que algunos llamaron revolución, que habían comenzado como protesta por las costumbres convencionales y contra el funcionamiento de anquilosadas maquinarias burocráticas, elevaron a nuevos grupos sociales a posiciones de protagonismo; los estudiantes, los representantes obreros y también a oportunistas sin escrúpulos (Caso del Ingeniero ). Unos en los grupos del riesgo y otros en los de la represión.

¿Te acuerdas Colasín? Lanzo la pregunta al éter porque ni siquiera sé si mi amigo Colás, el del Bodegón de Llanes aún está entre los vivos. ¿Te acuerdas que no teníamos ni a donde ir a comprar alimentos? Y mucho menos gasolina suficiente para que mi Ford Taunus me transportara hasta Irún.

Al fin decidí  huir, pero  las calamidades vividas durante siete días en aquel infierno, más los mil kilómetros de N-10 hasta llegar a Hendaya, me llevaría varias horas de relato que ahorraré a los hipotéticos lectores.

A Charles de Gaulle le pilló desprevenido estando en viaje de visita en los países del Este acompañado de su primer ministro Georges Pompidou, -del que demoraba el regreso acobardado-, y después de un largo periodo de vacilación, a su llegada al aeropuerto de Orly el día 24, De Gaulle pronunció  aquellas célebres palabras: Francia se aburre “C’est fini la récréation”, ya es suficiente “chienlit”. Vocablo este último creado por él mismo con el que quería expresar de forma despectiva, algo así como “desorden perruno”.

Decretó severas intervenciones policiales y se retiró a meditar estrategias retorcidas al balneario alemán de Baden Baden. Hasta el día 29 no regresó a París en donde ya había más de mil heridos.

A raíz de las palabras del presidente de la República en Orly la represión por parte de la policía fue atroz; ayudados por grupos organizados de extrema derecha (en uno de ellos se encontraba “el ingeniero” contratado como mercenario), acabaron con los desordenes cinco días más tarde.

Me estoy imaginando el diálogo siguiente :

-El español me ha solicitado “rester parmi nous. Cet’un garçon dur et costeaud”- expondría ante sus jefes el cabecilla callejero de la organización de extrema derecha emparentada con los nostálgicos de la Organisation Armée Secrète, y que se habían prestado en tanto que mercenarios a sueldo en las represiones contra los estudiantes.

-Pues será bien recibido si así lo desea. Estamos organizando comandos para actuar en diversos puntos de África y del Océano Índico. Necesitaremos gente arriesgada y sin demasiados escrúpulos. Hay mucho porvenir para gente así en los próximos años-Respuesta  de uno de los “terroristas de cuello duro” que manejaban desde los bastidores del estado francés, gendarme de África, la política rastrera de la mitad del continente negro.

Dicho por boca de sociólogos, el mayo francés triunfó a partir de su fracaso. Pues fracasó en cuanto revolución, pero abrió multitud de senderos hacia reformas que constituirían un extenso periodo de cambios.

Eladio Muñiz

2 Comentarios

  1. Magniífico artículo. Es un lujo poder leer sobre acontecimientos históricos escritos por quien los ha vivido.Gracias, Eladio.

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