Aves de ciudad

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Sin necesidad de que el calendario nos avise, la entrada de la primavera bien se hace notar. Vemos como la gente sale más de casa y se muestra más optimista, saludadora y cercana. Es, sin embargo, en la naturaleza, donde mejor se aprecia el cambio de estación. Puedo imaginarme el panorama en el municipio de Llanes en esta época, con el arbolado de los bosques comenzando a cubrirse de hojas y los cerezos ya ornados con flores blancas y resaltando entre otras especies arbóreas, más lentas en lucir su traje de ceremonia. Sin duda, un hermoso espectáculo.

Pero no solo la flora es lo llamativo en esta época. Es ahora cuando los habitantes del bosque comienzan su actividad y nos sorprenden con su ingenioso e interesante comportamiento. El campo es el lugar ideal para disfrutar intensamente de esta explosión de vida y color. Pero eso no significa que en la ciudad no sea posible hacerlo. No es lo mismo que estar en el campo, naturalmente, donde el aire refrescante, el silencio y la frondosidad del bosque te trasladan a un mundo diferente.

En los parques de ciudad no es fácil evitar la contaminación acústica, ni es posible captar los olores de la naturaleza silvestre, ni experimentar la grata sensación que se siente al pisar la hierba que crece y prolifera libremente. Pero algo es mejor que nada, y lo positivo es saber adaptarse a lo que hay.

Hablaré de las aves de ciudad, que también las hay; basta con tener un poco de paciencia para recrearse observando su comportamiento. El espacio que los humanos “robamos” a la fauna silvestre es cada vez mayor, por lo que algunas especies se ven obligadas a adaptarse a la vida en núcleos urbanos. Así sucede con la urraca común, que vemos en tejados y aceras de nuestro entorno. Y otro tanto ocurre con la paloma torcaz, un ave huidiza y desconfiada, que acude a parques céntricos y convive cerca de otras especies como la citada urraca, el mirlo y el zorzal entre otros.

Algunas especies, como el vencejo, no nos sorprenden con sus costumbres, pues estas no han cambiado con el paso del tiempo. Anidan en los tejados desde siempre. Ya en mi niñez me gustaba seguir el vuelo de estas aves; me llamaba la atención su aleteo rápido e incesante así como su extraordinaria habilidad para introducirse entre las tejas de los aleros. Enfrente de mi casa hay un edificio con alero, que en su extremo, entre la teja y el canalón, forma unos agujeros pequeños de unos diez centímetros de ancho por cinco de alto. El número de orificios que lo componen es de sesenta aproximadamente, todos de tamaño similar.

Desde hace unos años, creo que cinco, anida un vencejo en uno de esos agujeros. Cada año por estas fechas estoy pendiente de su llegada; me pregunto cómo este animal puede recorrer miles de kilómetros todos los años y venir a la misma ciudad, a la misma calle y al mismo agujero. Porque no escoge uno cualquiera de los sesenta disponibles; siempre viene al mismo, al tercero de la derecha. Sé que mucha gente los confunde con golondrinas. No, estos pájaros son ápodos, no tienen patas, es decir, no se posan en el suelo: vuelan. Me gusta tanto comprobar que el ave regresa, que a partir de ahora comienzo ya a mirar al cielo para ver si se ven vencejos.

¿Vendrá mi vecino este año?

José Manuel Carrera Elvira

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