El Escobal

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Muchas veces, sobre todo cuando se nublaba en Llanes, subíamos por el Río de las Cabras al Cerezo, ese bar tienda en el que sirven unos riquísimos huevos con patatas, sidra casera y exhibe, en perfecto orden, colgados del techo, calcetines, madreñas, escarpines, artesas, cestos, calderos, cencerros, bastones y garabatos. Si bien, nunca habíamos ascendido desde ese caserío de Cabrales a El Escobal, que se encuentra justo encima.

Así, a primeros de marzo, tomamos una carretera serpenteante, con alguna que otra curva de herradura, y alcanzamos esa aldea en las últimas estribaciones del Cuera, a trecientos metros de altura y que pertenece a la parroquia de Puertas de Cabrales.

Nada más llegar, y tras reparar en sus casas tradicionales, que gozan de extraordinarias vistas, y que están perfectamente rehabilitadas, una vecina muy atenta nos indicó que si cogíamos un sendero a la derecha nos toparíamos de frente con el Uriellu.

Siguiendo sus indicaciones trepamos por un vericueto bordeado de castaños, robles y los más frondosos y esbeltos acebos que había visto en mi vida, que parecían, frente a los otros árboles todavía desnudos, reinar en el bosque al portar sus relucientes hojas verdes. También en ese zigzag, desde el que se ven praderas salpicadas de cabañas y ganado a contraluz, proliferan los tojos y las prímulas ya empezando a florecer de amarillos. Tampoco falta la compañía de los sociables petirrojos, con su plumón aún hinchado por el frío, las acrobacias de los herrerillos, las cabezas coronadas de los reyezuelos listados, las esquivas ardillas y los vuelos impredecibles de las mariposas limoneras. A mayores, la presencia de líquenes atestigua que no hay asomo de contaminación.

Y de repente, en ese alegre camino tienes que detenerte, pero no porque temas que algún pájaro saldrá volando y no lo podrás fotografiar ni observar al no mantener “la distancia de seguridad”, sino porque al sur, descongelándose al sol, se divisa, en ese estrecho y alargado conjunto de montañas que son Los Picos de Europa, el Uriellu, como haciendo de faro al reflejarse la luz sobre su cumbre nevada.

Al volver sobre nuestros pasos, con la sensación de que siempre en la descripción del Naranjo de Bulnes se me quedan pequeñas las palabras, y dejando atrás la casa rural “El Toral”, que recibe el nombre del barrio en el que está asentada, la vecina que nos aconsejó seguir el sendero, y que resultó ser la dueña de otro establecimiento turístico “Valle La Fuente”, nos comentó que ascendiendo por un camino a la izquierda se ve el mar y que antiguamente desde la aldea se oían los bufones de Llames. Añadiendo que recordaba un dicho, cito de memoria y de oído, que decía: “Si suena el pozu de Pría, prepara la leña pa otru día”.

También, Loli, que así se llama la encantadora señora de sonrisa abierta, contó que existió en L’ Escobal una capilla bajo la advocación de San Ildefonso y nos señaló como llegar a la Cruz de Raos, un cruce de caminos en el monte, punto de reunión de gentes de los Concejos de Cabrales, Onís y Llanes, y donde, al parecer, se celebraba un mercado.

Bajando de El Escobal, no me pude quitar de la cabeza el pensamiento de que para conocer todo lo que siempre he tenido tan cerca necesitaría, al menos, una vida más.

Maiche Perela Beaumont

Fotografía:Valentín Orejas

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