Así era Colombres

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En Colombres las fiestas eran diferentes. No eran tan concurridas como en otros lugares cercanos, pero tenían algo peculiar en aquellos tiempos y aquellas circunstancias: un aire «chic» y a la vez rancio. Tal vez acorde con sus mansiones señoriales deshabitadas, con el discutido gusto de la arquitectura de su Casa Consistorial y la circunferencia de su plaza, encerrada con un muro de sillería labrada y la apariencia de coso de ganadería salmantina; en donde en el centro, había una estatua dedicada a Don X… X…. Indiano, hijo ilustre y benefactor.

Se notaba que disponían de mayor presupuesto que el de las otras aldeas del concejo. No se sabía el motivo a ciencia cierta, porque la mayoría de los vecinos eran más pobres que los del resto de los pueblos, ya que sus campos eran secos y pedregosos y raramente había algún ganadero con más de tres o cuatro vacas. Por lo que suponíamos maliciosamente que el Excelentísimo Ayuntamiento intervenía generosamente en el pago de aquellos fastos.

Contrataban la banda militar del Regimiento de Infantería Número No Sé Cuantos de Oviedo, que después de la misa, solía ofrecernos un concierto bajo los soportales del Ayuntamiento; que retumbando en el recinto, sonaba a charanga ratonera y, delante de la cual se colocaba siempre un personaje muy raro vecino del pueblo, regordete y panzón, con cejas pobladísimas, gafas de culo de botella, la boina de los domingos y gabardina hasta los tobillos; llevando además un paraguas colgado del hombro. Estaba como clavado en el suelo, pero movía los brazos como las aspas de un molino holandés simulando dirigir la música. Cuando algún vecino le reconvenía diciéndole: “estate quietu, mocaroba”, cruzaba los brazos en la espalda abarcando el paraguas y continuaba dirigiendo con los papos, inflándolos y desinflándolos como una rana. Detrás, aplaudía la docena y media de mirones que presumían de ser aficionados a la música culta.

Por la tarde antes del baile, había un circuito ciclista como espectáculo, organizado y dirigido por Pepe Riestra el boquerizano en el que todos los años competían y ganaban los mismos: Primero… Fulanito; de Torrelavega. Segundo… Menganito; de Torrelavega. Tercero… Zutanito; de Torrelavega… Podían combinarse las variantes tratando de acertar quién iba a ser… Zutanito, de Torrelavega. Porque en lo que concernía a los dos primeros, los pronósticos eran fijos.

Pero resultaba entretenido y en cierta manera «progre» en comparación con las carreras de burros que organizaban en otros lugares. Aunque a algunos les parecieran más divertidas aquellas, a causa de la incertidumbre en acertar los resultados finales.

Por la noche en la verbena -«kermesse» escribían pomposamente en los programas de mano- era harina de otro costal. El ambiente seudo-pijoteril, como el de querer y no poder, donde cada cual desfilaba mostrando las prendas que había estrenado aquella misma mañana… (Tendría falta de comprarme un jersey, pero esperaré a las fiestas de Colombres) cuadraba muy mal con la zafiedad ambiental que privaba en aquellas épocas por los alrededores. Por lo que, en general los mozos y mozas que no tenían algo para estrenar y exhibir, se largaban con viento fresco a buscar músicas a otra parte.

Terminada la fiesta, el resto del año el tedio y una calma sepulcral se apoderaban del lugar y de sus habitantes. Pues el pueblo, decían sus vecinos, parecía un cementerio con bonitos panteones. Destacando entre ellos sin ningún género de dudas el Taj Mahal asturiano. La casa del «Redondu»; un chalé que por sus formas armónicas y equilibradas, era -es- todo un homenaje al buen gusto que impera hoy en todo Colombres.

Eladio Muñiz

2 Comentarios

  1. ¿ Y estrenando algo? No, tu eres demasiado joven para haber vivido aquellas tristezas.
    Gracias guapa.

  2. Eladio, muchas gracias por llevarnos de viaje al pasada de forma tan entrenida e ilustrada. Lo describes tan bien que casi me veo bailando en la fiesta. Un fuerte abrazo.

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